El papel del arte y de la educación. Cambiar en tiempos de incertidumbre

MARÍA NOVO

 

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El Antropoceno, una época de alta incertidumbre

Existe un gran consenso científico sobre la evidencia de que hemos entrado en un nuevo período geológico: el Antropoceno. Su característica fundamental es la enorme influencia del ser humano sobre los procesos bio-geo-químicos globales del planeta. Con nuestras actuaciones tecnológicas, orientadas por una economía que no respeta los límites de la Ecosfera, hemos roto el rango de variabilidad de muchos ciclos naturales, en un movimiento acelerado que nos conduce a una sociedad plagada de riesgos y en la que comienza a estar en juego nuestra viabilidad como especie.

El cambio global es una realidad. El planeta ha cambiado y cambia influido por el ritmo y la intensidad de nuestros impactos. Problemas como la pérdida de biodiversidad, los usos inadecuados del agua y los recursos energéticos, la desarticulación del territorio y otros varios configuran un escenario de alta incertidumbre, en el que adquiere especial importancia el cambio climático antropogénico, es decir, generado —directa o indirectamente— por nuestras formas de vida.

En este incierto panorama de calentamiento global, la humanidad se enfrenta a problemas ecológicos cuyos efectos pueden ser irreversibles. En palabras del premio Nobel de Química Mario Molina, refiriéndose al cambio climático, sabemos que el sistema puede sufrir cambios abruptos, pero no sabemos ni dónde ni cuándo. Sin embargo, nuestros dirigentes mundiales están más atentos a las cuestiones económicas, financieras y estratégicas (generalmente reversibles) que a los puntos de no retorno con los que nos confrontan algunos riesgos ecológicos.

El panorama de esta crisis ambiental es muy complejo. Presenta implicaciones de orden político, ético, ecológico, económico y social. Plantea riesgos de enorme envergadura, como pueden ser las migraciones masivas provocadas por la subida del nivel del mar, la probabilidad de cambios en la corriente del Golfo, enfermedades que se trasladan del Sur al Norte al desplazarse en esta dirección la cota de calor…

Si tuviésemos que caracterizar esta situación con una sola palabra, esta sería «incertidumbre». No solo el futuro, el propio presente es cada día más incierto. Vivimos en medio de procesos exponenciales cuyos efectos a corto y medio plazo solo alcanzamos a intuir. Esto plantea una incertidumbre que se realimenta con las guerras, las hambrunas, el terrorismo y otras amenazas surgidas de nuestra incapacidad para dialogar sobre aspectos fundamentales de la vida comunitaria que generen paz social. Pero lo que sí sabemos es que, si se sobrepasan ciertos umbrales de riesgo (y estamos asomándonos a ellos en algunos casos), los cambios serán no solo cuantitativos sino cualitativos, y no habrá vuelta atrás en determinados fenómenos.

¿Qué hacer ante este escenario?

Por supuesto, cambiar urgentemente nuestras políticas energéticas, primando en un plazo corto las energías renovables con decisión, evaluando el tema no solo en términos económicos (que también), sino con enfoques ecológicos, sociales y estratégicos. No cabe hacer una comparación de costes entre fuentes energéticas puramente monetaria, sino que es preciso incluir en el balance los daños (las externalidades negativas) que el uso de los combustibles fósiles generan en la salud de la ciudadanía, el estado de los mares y océanos, la alimentación y el aire que respiramos.

Necesitamos reducir drásticamente, en un plazo de décadas, nuestras emisiones de gases de efecto invernadero; redefinir la organización de las grandes ciudades; reorientar e incentivar las políticas forestales; formar a la población de los países y sectores ricos para consumir de otra manera, con autocontención y conciencia de los límites… Esas y otras muchas medidas, como políticas de agua sostenibles, conservación de la diversidad biológica y cultural…, son las que pueden, de forma efectiva, propiciar el cambio civilizatorio hacia la sostenibilidad que hoy necesitamos.

Para que ese cambio se produzca, necesitamos movernos en torno a algunos ejes básicos de pensamiento y acción:

  • Conciencia de los límites biofísicos del planeta y de los límites sociales a nuestros deseos.
  • Incorporación de la ética a las decisiones económicas y políticas, a todas las escalas, con especial énfasis en la ética ecológica.
  • Cambio en las prioridades de las políticas públicas y de la gobernanza global.
  • Cambios en la gestión de los bienes naturales (energía, agua, alimentos), a escala local, regional y global.
  • Cambios en el imaginario colectivo de Occidente y de los países y sectores ricos, diferenciando el nivel de vida (puramente cuantitativo) de la calidad de vida, que se mide con indicadores cualitativos.

Transformaciones de tal calado no serán posibles sin contar con la ciudadanía, el mundo científico y los artistas y creativos. Concienciar a la población sobre estos temas, estimular la necesidad del cambio, construir alternativas en las mentes y el corazón de los habitantes del planeta es tarea de la educación. Una educación/capacitación que ha de alcanzar no solo a la población en general sino también, y con especial énfasis, a los profesionales que gestionan los distintos ámbitos de la vida económica, política y social: planificadores, gestores, decisores… El problema que tenemos ante nosotros requiere medidas urgentes y no podemos esperar a que las siguientes generaciones se conciencien y actúen. La nuestra es la primera generación que ha comprendido la gravedad de problemas como el cambio climático y probablemente sea la última que puede actuar con soluciones efectivas.

El cambio de paradigma

En los inicios del siglo XX, la ciencia alumbró un cambio de paradigma verdaderamente revolucionario para la interpretación de la realidad: superar los planteamientos de una ciencia mecanicista, reduccionista y determinista para abrirse a una visión compleja en la que tienen cabida el azar y la incertidumbre. Los trabajos de Einstein, Bohr, Heisenberg y tantos otros científicos pioneros abrieron la puerta a una nueva concepción científica que comprende la imposibilidad de separación absoluta entre el observador y lo observado, una ciencia que supera la vieja mirada dual de la modernidad (persona/naturaleza, mente/cuerpo…) y deja de concebir el mundo como una gran máquina que obedece a leyes deterministas. Las visiones cartesiana y newtoniana de la realidad y sus leyes no fueron refutadas, pero quedaron resituadas en sus ámbitos de validez.

En la perspectiva clásica, una ley de la naturaleza estaba asociada a una descripción determinista y reversible en el tiempo, privilegiaba el orden y la estabilidad, vinculando el conocimiento a la posibilidad de certidumbre. La nueva ciencia reconoce el papel primordial de las fluctuaciones y la inestabilidad, se instala ante la complejidad del mundo real y se expresa no tanto en términos de certezas como de probabilidades. El tiempo (la flecha del tiempo) entra en la física y la irreversibilidad de los fenómenos termodinámicos se sitúa en el corazón de la mirada científica. En consecuencia, como afirma Ilya Prigogine, el futuro no está dado. Vivimos el fin de las certidumbres.

La complejidad se abre paso así en el espíritu científico e inunda a un tiempo la filosofía y el arte, proponiéndose atender no solo a los aspectos cuantificables de la vida, sino también a aquellos otros que desafían a la idea de un mundo previsible y manejable sin riesgos, y cuestionan la pretendida separación entre el ámbito de la razón y el de las emociones y sentimientos. Al mismo tiempo, se abre un proceso de aceptación de la entrada de la historia en el discurso científico y, con ella, la incorporación de dos elementos fundamentales para una interpretación compleja del mundo: el sujeto (el observador) y el contexto.

La potencialidad de la aportación artística en la emergencia de otro mundo posible radica no solo en el plus de creatividad e imaginación que aporta, sino también en su
capacidad anticipatoria

Esta visión enfatiza las interacciones que se dan en el mundo de lo vivo, una intrincada red de relaciones y nexos que solo es comprensible en términos sistémico-complejos. Filósofos como Nietzsche alertan del peligro de reducir el conocimiento a fórmulas o verdades cerradas. La realidad es una cascada de realidades, nos dice incorporando la idea del sujeto como multiplicidad y del conocimiento como una multiplicidad de construcciones.

Popper definió este cambio de paradigma afirmando que la ciencia había transitado de los relojes a las nubes, es decir, de un mundo mecánico y previsible a otro que, como las nubes, desdibuja sus límites y cambia constantemente. En efecto, las nubes nos ofrecen la imagen de un mundo inaprensible y contingente, que se hace y deshace antes de que nuestras teorías puedan dar cuenta de él. Simbolizan una realidad compleja, sin simplificaciones, siempre difusa, fluctuante y, sobre todo, inacabada. Esta nueva ciencia acepta que sus verdades son conjeturables y, por tanto, provisionales, necesariamente sometidas a falsación, a la confrontación con otras ideas o teorías que, en un momento dado, expliquen mejor los fenómenos. La incertidumbre está servida, ha llegado para quedarse en nuestro modo de interpretar el mundo.

En suma, las ciencias por un lado y la realidad por otro nos asoman a la mayor aportación del conocimiento del siglo XX, que ha sido, precisamente, como señala Edgar Morin, el conocimiento de los límites del conocimiento, la imposibilidad de eliminar ciertas incertidumbres. Al mismo tiempo, nuestros impactos sobre la Ecosfera nos confrontan en el siglo XXI con los límites del planeta, límites que estamos desbordando con una huella ecológica y social depredadora que ha generado gravísimos problemas ecosociales de muy difícil abordaje. Un proceso cuyas consecuencias son en gran parte
imprevisibles. Nueva incertidumbre, creciente incertidumbre…

Científicos, pensadores y artistas nos facilitan el diagnóstico: estamos ante la necesidad de un cambio civilizatorio que permita, con las necesarias adaptaciones, mantener nuestras formas de vida sobre la Tierra. Afrontamos problemas nuevos, inéditos para la especie humana, como es el cambio climático inducido. No podemos responder a esos retos con las viejas respuestas. Pero… ni siquiera intentar nuevas respuestas viene a ser la solución…

Las respuestas y las preguntas

Necesitamos comprender que, cuando cambia un paradigma, lo que cambia no son las respuestas, sino las preguntas. Y aún hay más. Es preciso que, como humanidad, nos planteemos no solo preguntas distintas (que también), sino preguntas de otro orden. Interrogantes que vayan más allá del ámbito de la economía y la política y se adentren en los territorios de la ética, de la filosofía, de la ecología…

Desde ese punto de vista, las cuestiones más significativas que hoy tendríamos que plantearnos ya no girarían fundamentalmente en torno a la eficiencia de nuestros sistemas, aunque este sea un tema de enorme importancia. La clave para nuestras preguntas la deberíamos encontrar, a mi juicio, en la pertinencia de los modelos de vida que hemos generado y, sobre todo, de los que queremos alumbrar: una forma de relacionarnos con la naturaleza dejando de verla exclusivamente como fuente de recursos; otro modo de consumir, de planificar nuestras ciudades, de otorgar valor al mundo rural… Pertinencia que alcanza, por supuesto, al necesario protagonismo de las mujeres en muchas culturas y a la necesidad de cultivar valores como la armonía, sobriedad en el consumo, convivencialidad… Se impone recordar que, además de «faber» somos «ludens», seres que sueñan, que juegan, que necesitan mirarse a los ojos para no estar solos.

Nos encontramos en una gran encrucijada y la elección que hagamos ahora colectivamente será decisiva para nuestro futuro sobre la Tierra. Una situación así plantea verdaderos giros copernicanos que exigen no solo soluciones tecnológicas, sino sobre todo un plus de valores, de creatividad e imaginación que permita a la humanidad vislumbrar un horizonte de vida sostenible. En palabras de Federico Mayor Zaragoza, nuestras sociedades sufren un déficit de alma, déficit que es preciso subsanar recuperando el verdadero valor de los vínculos interpersonales, del tiempo, de los espacios y las formas de convivencia, del trabajo digno y de la esperanza.

Cambiar en tiempos de incertidumbre: el papel del arte

La ciencia nos provee de diagnósticos sobre la gravedad de problemas como el calentamiento global, la subida del nivel del mar, las sequías e inundaciones que serán cada vez más frecuentes e imprevistas… La tecnología enuncia algunas posibles vías para mitigarlos, siempre parciales e incompletas… Pero una y otra resultan insuficientes para imaginar y elucidar mundos posibles, relaciones inéditas, valores, cualidades y propiedades de lo real que están escondidas para un investigador puramente experimental. Imaginar —nos advertía el poeta Valery— es tanto como desaprender aquello que la costumbre y el lenguaje convencional nos hacen considerar.

El gran desafío es que, con esos materiales frágiles y quebradizos, necesitamos alumbrar nuevas formas de vida colectiva, hacer reales esos mundos posibles cuyas cualidades solo alcanzamos a intuir. En esta tarea, el papel del arte y de los artistas es fundamental. Es preciso abandonar la mirada puramente instrumental sobre la naturaleza y los sistemas vivos, dejar de considerarlos tan solo como fuentes de recursos y vislumbrar en ellos la potencialidad que guardan escondida en el plano de lo no visible. Necesitamos volver a descubrir con asombro nuestro entorno, aprender a mirar con ojos nuevos, escuchar como si fuese la primera vez, sentir con todos los sentidos disponibles… Solo esa intuición de lo invisible nos permite comprender el verdadero valor que tiene la Vida para nuestras vidas, unas vidas que consisten en mucho más que producir y consumir…

Confrontados con un escenario cada vez más incierto, el reto de cambio profundo que tiene ante sí la humanidad para avanzar hacia un mundo sostenible es poner en el centro de nuestro pensamiento y nuestras decisiones la imaginación y la creatividad, guiadas por valores éticos. Porque desde el arte es posible conocer, imaginar, expresar… aspectos de la realidad y complejidades que son ininteligibles desde el punto de vista científico. Porque, si la ciencia persigue la precisión (bienvenida sea, pero paga el precio de su limitación por ello) el arte puede expandir nuestra mirada en medio de lo incierto, ya que su finalidad no es ser preciso sino pronunciar preguntas y elucidar algunas respuestas inéditas. La Ética, por su parte, ha de iluminar a científicos y artistas en todo el proceso.

Necesitamos un arte que se manifieste como un espacio privilegiado de creación de conocimiento sobre el mundo que estamos retados a construir, un mundo tan diferente al actual… En este sentido, la potencialidad de la aportación artística en la emergencia de otro mundo posible radica no solo en el plus de creatividad e imaginación que aporta, sino también en su capacidad anticipatoria, bien probada históricamente y que ahora se hace más necesaria que nunca.

La incertidumbre no se combate, tampoco cabe ignorarla. Hay que limitarse humildemente a gestionarla lo mejor posible. Y no estamos preparados para esa gestión, manejamos demasiadas reglas fijas y muy poca imaginación en los grandes asuntos ecológicos y sociales. Repetimos fórmulas gastadas, recurrimos a los viejos instrumentos… ¿Haremos así un cambio civilizatorio hacia la sostenibilidad? Por de pronto, dejemos hablar a nuestros artistas, démosles voz a los sueños de la gente, escuchemos a nuestra naturaleza profunda de humanos, tan olvidada, y afrontemos el desafío cogidos de la mano también de los filósofos que nos recuerdan una ética olvidada, de los educadores que tratan de salvar el pensamiento y la sabiduría ahogados por la información.

El gran reto educativo de este siglo es que las personas, en cualquier estadio educativo,
aprendamos a gestionar la incertidumbre

Incertidumbre y educación, un vínculo necesario

¿Cuándo desapareció de la educación la incertidumbre? ¿O es que nunca estuvo presente de forma generalizada en ella? En la cultura occidental hemos construido sistemas educativos potentes que, en momentos de lucidez, como lo fue en España el tiempo de la Institución Libre de Enseñanza, dieron entrada en su pedagogía a todo el potencial creativo del ser humano. No es casualidad que hayan salido de sus aulas creadores como Salvador Dalí o Federico García Lorca, a los que hoy admiramos. Sin embargo, posteriormente, los métodos racionalistas fueron abriéndose paso en el campo pedagógico, al abrigo de una incipiente tecnología que ponía más el énfasis en explicar el funcionamiento del mundo que en enseñar a pensar sobre mundos posibles o a interrogarse sobre la ética del buen vivir. Las lecciones sobre el «cómo» fueron fagocitando así a las preguntas sobre los «qué», los «por qué» y los «para quién».

Hoy este modelo ha llegado a su culminación. Desde la escuela hasta la universidad, los sistemas educativos ponen su énfasis en la información y la tecnificación de nuestros niños y jóvenes. Les enseñamos miles de conceptos, teorías, destrezas informáticas… Pero no les contagiamos el placer de descubrir, ese al que aludía el premio Nobel Richard Feynman cuando nos contaba cómo se acercó a la ciencia contagiado por el goce de una aventura.

Por supuesto, hago estos comentarios hablando en términos generales, refiriéndome a lo que hoy los sistemas educativos, al menos el español, proponen y esperan de sus alumnos: que aprendan un buen caudal de información y que sepan manejarse tecnológicamente. Pero me consta, y quiero resaltarlo, que hay multitud de centros educativos y de docentes que sortean estos modelos y optan por trabajar con los estudiantes estimulando su creatividad, sus valores éticos, su placer al dejarse sorprender por el conocimiento. ¿Son representativos de la mayoría? Dejemos la cuestión abierta y que cada cual reflexione al respecto.

En mi opinión, desde la escuela infantil hasta la universidad, y de forma mayoritaria (con geniales y loables excepciones) estamos ofreciendo a nuestros niños y jóvenes respuestas para preguntas que ellos no han llegado a hacerse. Vamos demasiado deprisa, no podemos o no sabemos generar las condiciones para que esas preguntas surjan desde ellos. No les damos tiempo ni espacios para asombrarse ante las maravillas de la vida. Los mantenemos demasiado encerrados en las aulas, donde todo está bajo control, lejos del mundo real, con sus incertidumbres y sus problemas. El azar no visita los espacios educativos y, si llega, es reducido de inmediato. ¿Podemos esperar que unas generaciones así educadas sepan lidiar con el mundo incierto e inseguro que les estamos dejando? ¿Para cuándo enseñarles menos teorías y confrontarlos con la toma de decisiones (que pueden ser pequeñas pero educativas) en medio de los conflictos de su entorno?

Y, siguiendo con el tema, conviene reflexionar asimismo sobre cuántas y cuántas respuestas de las que enseñamos responden todavía a viejas preguntas, a un paradigma caduco, a supuestos que ya no tienen sentido en nuestro contexto donde se ha complejizado todo, también necesariamente la visión del mundo y las estrategias para abordarla.

El gran reto educativo de este siglo es, en mi opinión, que las personas, en cualquier estadio educativo (los adultos también tenemos que seguir formándonos…), aprendamos a gestionar la incertidumbre. Que seamos capaces de desenvolvernos en medio de problemas complejos, de tomar decisiones sin tener todos los elementos de juicio, de imaginar nuevos escenarios de vida que vayan más allá de lo real tanteando su puesta en práctica… Este desafío supone algo así como introducir la poesía en medio de tanta prosa educativa. Rescatar de nuevo el valor de las preguntas y de la creatividad. Aceptar que el conocimiento verdadero solo se asienta y se hace vivo cuando llega como respuesta a una inquietud, un interrogante, un sentimiento de búsqueda…

El efecto mariposa de la imaginación bien podría invadir nuestros espacios educativos para hacer de ellos lugares en los que se concilien la razón y la emoción, la búsqueda y el hallazgo, lo visible y lo invisible… Lugares en los que tenga lugar el asombro. Necesitamos que la educación contagie a la ciudadanía de todas las edades el placer de adentrarse por caminos inexplorados que conduzcan a la sostenibilidad y al buen vivir. Y, para ello, además de mente y corazón, tenemos que poner en juego la práctica de la resistencia y de la resiliencia, enseñar a construir desde las adversidades, a cantar en medio de la tormenta, a descubrir caminos inexplorados venciendo los miedos cogidos de otras manos.

En un mundo incierto como el que tenemos y estamos condenados a tener, la educación debe ayudarnos a afrontar las cuestiones de potencial irreversibilidad como algo urgente y vital. Nos va en ello el presente y el futuro. No es tarea para mañana, el problema arde ya en el comedor de nuestra casa. Plantea, entre otras cosas, la necesidad de un aprendizaje conjunto, humilde, colaborativo, al que todos estamos emplazados: el aprendizaje de la cooperación, del arte de aproximarnos a la orfandad del otro, para recuperar el valor de la naturaleza como casa común, los vínculos entre la familia humana, los bienes relacionales, el conocimiento como una construcción compartida, la vida como encuentro.

Podemos y debemos, ante todo, imaginar, imaginar, imaginar… Guiados por la ética y el arte del buen vivir. En palabras de Ernesto Sabato, nuestros jóvenes necesitan (y nosotros con ellos) aprender a vislumbrar un horizonte ante el abismo. Porque es ahí donde estamos en tiempos de incertidumbre.

BIOGRAFÍA

MARÍA NOVO

Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación y catedrática Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible, desde hace treinta años desarrolla su actividad docente e investigadora en el campo de la educación ambiental, el medio ambiente y el desarrollo sostenible. Es consultora Internacional de la Unesco en todo lo concerniente a estas especialidades, analista del Instituto de Estudios Transnacionales, directora del postgrado internacional en Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible desde el año 1990, y directora del proyecto Ecoarte para la integración de la ciencia y el arte en el tratamiento de las cuestiones ambientales. Además, es autora de veinticuatro libros, entre los que se incluyen tratados y ensayos sobre medio ambiente, educación ambiental, desarrollo sostenible, globalización y teorías de la complejidad, así como poesía y narrativa.

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