La responsabilidad de los medios de comunicación

SUZANNE GOLDENBERG

 

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Hace muchos años, al inicio de mi carrera periodística, trabajé en una redacción con un hombre que, sin motivo aparente, tenía la extraña costumbre de levantarse de un salto de su asiento y lanzar los brazos hacia arriba, gritando a cualquiera que quisiera oírle: «¡Me temo lo peor!». A continuación, mi compañero, que aparte de eso era un hombre callado y afable, de mediana edad, volvía a sentarse, se encorvaba sobre el teclado y continuaba escribiendo como si nada hubiera pasado. Puede que, si volvías la mirada hacia él después de uno de esos estallidos, te ofreciera una sonrisita inofensiva, pero nunca una explicación sobre su sacudida.

Era un comportamiento ciertamente insólito, incluso teniendo en cuenta cómo eran las redacciones de la época, cuando las excentricidades solían pasarse por alto o incluso se acogían de buen grado para combatir el tedio del turno de noche.

Al pasar el tiempo, y como nuestro compañero seguía sin estar dispuesto a explicar sus recurrentes estallidos y nadie se atrevía a preguntarle directamente, unos pocos comenzaron a ofrecer su propia explicación a ese extraño comportamiento.

Algunos decían que habían notado que, después de estallidos especialmente virulentos de nuestro compañero, se tenía conocimiento de un terremoto, un sunami u otro desastre natural, o de una crisis de refugiados, una hambruna o una guerra.

Es decir, tal como había anticipado nuestro agitado colega, ocurrían acontecimientos trágicos. Así que comenzamos a hacer bromas con sus poderes proféticos. Está claro que era igual de frecuente que nada ocurriera. Sin razón aparente, nuestro compañero saltaba del asiento tan agitado como siempre, pero después el turno se desarrollaba con la rutina habitual en la redacción. Sin embargo, a esas ocasiones solíamos prestarles menos atención, precisamente porque ningún hecho dramático ocurría. No había razón alguna para notar nada. Era un turno como cualquier otro.

Y ahí radica la importancia, y también el desafío, de informar sobre el cambio climático y la sostenibilidad.

El cambio climático es una cuestión de vida o muerte en todo el planeta. Es la noticia sobre derechos humanos del siglo XXI. Las olas de calor y las riadas, la escasez de alimentos y las migraciones desatadas por el clima ya están poniendo patas arriba los mundos empresarial y político, amenazando la seguridad global y décadas de desarrollo.

Pero contar esa noticia —transmitir la enormidad de una perturbación que todavía no se ha desarrollado por completo y que ocurre a un ritmo mucho más lento que el bombardeo al que nos somete el ciclo periodístico digital las veinticuatro horas del día— es increíblemente difícil. Las noticias sobre acontecimientos modulados por el clima no encajan con facilidad en un mensaje único y de fácil digestión. Son algo enrevesado. Son globales, pero sus repercusiones son hiperlocales. No tienen ni un comienzo, ni un tramo medio, ni un final claros: ninguno, por lo menos, que puedan entender totalmente los científicos actuales.

Si los periodistas no se ocupan del cambio climático —de la subida del nivel del mar y los repentinos aguaceros que ya están causando regulares y «molestas» inundaciones en ciudades como Miami y Manila; de las abrasadoras olas de calor que se registran en lugares tan distantes como Abu Dabi y Australia, y del rápido deshielo de los polos— estarán perdiéndose la gran noticia sobre derechos humanos de nuestro siglo. No estarán prestando el servicio público que tan esencial resulta para nuestro trabajo. No estarán diciéndoles a los lectores qué cabe esperar del cambio climático. No estarán advirtiéndoles de cómo prepararse para lo peor, ni a tiempo para que puedan tomar medidas con las que evitar las perturbaciones y el malestar.

Y si los periodistas no hablan de cómo evitar esos terribles escenarios —la caída en picado del precio de las placas solares, los avances en la acumulación de energía, la gama cada vez mayor de coches eléctricos—, estarán privando a sus lectores de esperanza en el futuro.

Lo peor no tiene por qué ocurrir. Con una planificación minuciosa es posible evitar los escenarios catastróficos: optando por fuentes de energía menos contaminantes, eligiendo mejores tecnologías, utilizando con cuidado los recursos existentes. Y esas decisiones suelen traer consigo sus propias ventajas. Aunque el cambio climático no nos hubiera obligado, la opción más sostenible habría sido la mejor. Ese es el mensaje que llevan años lanzando economistas y cargos públicos.

Se han realizado montones de estudios sobre el ahorro que reportaría prepararse cuidadosamente para evitar los peores efectos de la subida del nivel del mar, los fenómenos meteorológicos extremos y otros acontecimientos climáticos.

Los pronósticos meteorológicos precisos, los sistemas de alerta temprana y los refugios han demostrado que es posible evitar la gran cantidad de víctimas que antes producían los huracanes, incluso en países de escasa altitud y en desarrollo como Bangladés, que son los que más peligro corren. En Róterdam y Hamburgo la construcción de diques y la planificación urbana —la colocación de importantes infraestructuras allá donde no llega la marea alta y la consideración de los parques urbanos como zonas de drenaje— protegen de las inundaciones propiedades valoradas en miles de millones.

Sin embargo, la labor lenta y metódica de la planificación frente a los desastres no suele destacar lo suficiente como para convertirse en noticia de última hora. Se trata de un cambio paulatino, hecho de lamentables reveses y de resultados que no se corresponden con los elevados objetivos iniciales. No es la breve y penetrante conmoción de un gran desastre, ni la clase de noticia reconfortante que no tarda en hacerse viral. Con estas noticias es difícil llegar a un equilibrio, algo todavía más complicado en Estados Unidos, donde la campaña de desinformación promovida hasta hace poco por grandes empresas y multimillonarios conservadores ha convertido la labor de enfrentarse al cambio climático en una opción de riesgo para la Casa Blanca y el Congreso, confundiendo a la opinión pública sobre los peligros del calentamiento.

En noviembre de 2009, pocas semanas antes de que los gobiernos se reunieran en Copenhague, en una importante cumbre de las Naciones Unidas sobre el clima, piratas informáticos no identificados accedieron a los servidores de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia y colgaron en internet más de mil correos electrónicos privados de climatólogos.

El momento de la filtración no podía ser peor. La elección de Barack Obama, que durante su campaña presidencial había defendido que la Casa Blanca debía alertar del «peligro para el planeta», había devuelto el cambio climático a la agenda política de Estados Unidos. Ante la inminencia de la Cumbre de Copenhague, la amenaza del cambio climático y la necesidad de acciones globales acabaron por recabar la atención pública. El escándalo que causó la filtración fue inmediato.

Destacados conservadores como Sarah Palin, excandidata a la vicepresidencia de Estados Unidos, y tristemente famosa por negar el calentamiento global, afirmaron que los correos electrónicos demostraban que los climatólogos estaban conchabados para ocultar datos que demostraban que la subida de temperatura se había estancado.

Su argumentación se basaba en una lectura enormemente selectiva de los correos. Pero la revelación le vino estupendamente al relato de quienes niegan el calentamiento, que consideran poco sólidas sus bases científicas. Más tarde, cuatro investigaciones distintas descartaron que los científicos hubieran falseado datos.

En Estados Unidos las empresas petrolíferas y carboníferas —y más recientemente
las distribuidoras de electricidad y los multimillonarios conservadores—
financiaron campañas de desinformación que trataban de confundir a la opinión pública sobre los riesgos del cambio climático

Pero, para entonces, la conferencia del clima de Copenhague ya había embarrancado. La filtración de los correos no fue la causante de ese fracaso. La economía global estaba enfangada en una penosa recesión. El cambio climático, considerado una amenaza lejana, quedó relegado al final de la lista de prioridades.

Además de enfrentarse a la recesión, las empresas mediáticas también luchaban por su supervivencia en una época digital que estaba destruyendo su modelo económico. Así que redujeron su personal, incluido el contingente de periodistas especializados en medio ambiente.

No obstante, el escándalo socavó la voluntad política de llegar a un acuerdo y distrajo la atención de la opinión pública. Era difícil defender la necesidad de hablar del cambio climático cuando su propia existencia parecía suscitar dudas entre los científicos.

En realidad, las investigaciones científicas que demuestran el cambio climático ya estaban muy asentadas en 2009. Los investigadores comenzaron a sospechar que los seres humanos podían cambiar el clima mediante la combustión de combustibles fósiles a finales del siglo XIX. Al llegar la segunda mitad del XX los riesgos del cambio climático ya se consideraban suficientemente graves como para justificar la redacción de informes para los presidentes estadounidenses Lyndon Johnson y Richard Nixon. En 1988, el destacado climatólogo James Hansen dijo ante el Congreso que el cambio climático era una realidad patente, que ya no se trataba solo de una amenaza o un riesgo. El cambio climático ya se estaba produciendo.

Sin embargo, después de esos primeros informes para la Casa Blanca, tendrían que transcurrir otros cincuenta años, y veinticinco después de la advertencia pública ante el Congreso, para que un presidente de Estados Unidos respondiera con medidas firmes a la amenaza del cambio climático.

En concreto, en Estados Unidos las empresas petrolíferas y carboníferas —y más recientemente las distribuidoras de electricidad y los multimillonarios conservadores— financiaron campañas de desinformación que trataban de confundir a la opinión pública sobre los riesgos del cambio climático.

Las iniciativas de desinformación eran enormemente elaboradas, ya que esos sectores distribuyeron dinero entre organismos o personas importantes: laboratorios de ideas, grupos dedicados al astroturfing —intervenciones publicitarias supuestamente espontáneas— que imitaban el activismo de base, o «expertos» a sueldo de proveedores de combustibles fósiles.

Esas iniciativas tuvieron una eficacia sorprendente. Mucho después de que los científicos llegaran a un consenso sobre las causas del cambio climático, destacadas organizaciones mediáticas de Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y Australia continuaron presentando a supuestos expertos cuya misión era sembrar dudas.

Esos supuestos expertos dudaban sobre la posibilidad de que los países industrializados pudieran hacer funcionar sus economías con energías limpias: sin apagar las luces y paralizar las empresas. Advertían de que los precios de la energía se dispararían para el consumidor corriente y aducían que las iniciativas para afrontar el cambio climático acabarían fracasando, ya que, en su opinión, era imposible que otros países se unieran al principal emisor de gases, Estados Unidos, para reducir las emisiones. Todo ello incluso después de que China y otros países emprendieran ambiciosos planes para promover las energías solar y eólica. Llegaron incluso a suscitar dudas sobre la existencia del propio cambio climático, aunque ya hacía años que las investigaciones científicas lo habían demostrado.

En nombre del equilibrio entre las partes, esas falsedades —amplificadas por laboratorios de ideas y organismos dedicados a organizar campañas— llegaron a las secciones de opinión de los periódicos y, con demasiada frecuencia, a las propias noticias. Cuando alcanzaron la cobertura sobre el cambio climático, el resultado fue muy perjudicial. La campaña de desinformación enturbió el mensaje. Con tantos y tan encontrados datos, a los medios les resultaba todavía más difícil adoptar una línea argumental clara al hablar del cambio climático, y para la opinión pública acabó siendo aún más complicado comprender lo urgente que era afrontar esa situación.

Y lo más importante es que el relato basado en la duda llegó también a la agenda política. Un año después del fracaso de la Cumbre de Copenhague, en Estados Unidos también fracasó la intentona de aprobar leyes sobre el clima. Durante el resto de la primera legislatura de Obama, el presidente y los demócratas del Congreso consideraron que el cambio climático era un asunto políticamente tóxico. Lo cual consiguió que muchos medios llegaran a la conclusión de que no era noticiable. En un tórrido día de junio de 2013 Barack Obama anunció un ambiciosísimo plan de lucha contra el cambio climático, basado en normativas que pretendían reducir las emisiones de gases de las centrales eléctricas.

«Lo crucial ahora es si tendremos el valor de actuar antes de que sea demasiado tarde», anunció Obama durante su discurso en la Universidad de Georgetown. «Y nuestra forma de actuar tendrá profundas repercusiones para el mundo que dejemos como legado, no solo para ustedes, sino para sus hijos y nietos. Como presidente, como padre y como americano, estoy aquí para decirles que debemos actuar».

Obama dejó claro que ya no iba a esperar más a que el Congreso se ocupara del cambio climático y que ordenaría a los organismos del Gobierno de Estados Unidos que se hicieran cargo del asunto. También comenzó a arremeter contra quienes niegan ese cambio, tachándolos de miembros de la Sociedad de la Tierra Plana.

Durante los cuatro años siguientes, casi no pasó una semana sin que la Casa Blanca fuera encadenando acciones y proclamas sobre el cambio climático, y sin que arremetiera con dureza contra los negacionistas.

La llamativa campaña sobre el cambio climático — reforzada por los viajes de Obama a lugares afectados por ese cambio como Alaska y Hawái— también lo puso en la agenda mediática. Puede que, según la evaluación periodística tradicional, el clima no fuera noticiable, pero, desde luego, el presidente sí lo era, y los medios se ocupaban de él. Durante la segunda legislatura de Obama, las informaciones sobre cuestiones climáticas tuvieron una presencia nunca vista en los medios estadounidenses. Importantes periódicos como Los Angeles Times se comprometieron a no volver a conceder espacio a quienes niegan el cambio climático.

Estados Unidos había tardado demasiado tiempo y no iba lo suficientemente rápido, pero se había puesto por fin en marcha.

BIOGRAFÍA

SUZANNE GOLDENBERG

Corresponsal sobre temas de medio ambiente de Estados Unidos para el periódico The Guardian. Durante años ha ocupado corresponsalías en zonas de conflicto, por lo que ha ganado varios premios por su trabajo en Oriente Medio. Ha informado también desde los lugares más remotos de la India y Pakistán, incluyendo el campo de batalla más alto del mundo: el glaciar de Siachen. En 2003 cubrió la invasión estadounidense de Irak desde Bagdad. Es autora de Madam President, que versa sobre la histórica carrera de Hillary Clinton en su intento de llegar a la Casa Blanca.

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