La tecnología y la gestión democrática de la complejidad urbana

MICHAEL BATTY

 

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Tenemos que plantearnos si las ganancias en cuanto a la eficiencia que obtenemos de las innovaciones tecnológicas están produciendo entornos urbanos más habitables y equitativos

La informatización de la sociedad ha llegado a un punto en el que equipos y programas están penetrando rápidamente en el entorno construido, permitiéndonos a nosotros, en tanto usuarios y diseñadores de las ciudades, automatizar muchas de nuestras prácticas y actividades cotidianas. Esta automatización ha dado lugar al concepto de «ciudad inteligente», en la que los medios digitales, inseparables ya de los lugares públicos y privados, nos permiten funcionar mejor y convertirnos en ciudadanos más despiertos, al generar entornos urbanos mucho más seguros, sostenibles y habitables. Cuando a las ciudades les incorporamos infraestructuras de la información —que no es ni más ni menos que lo que venimos haciendo desde hace doscientos años con las de transporte convencionales—, no solo logramos controlar mejor sus funciones, sino que conseguimos que esas infraestructuras produzcan datos útiles para nuestra comprensión de las ciudades y su planificación. Gran parte de esos datos nos llegan en tiempo real y, por su gran volumen, son «masivos». A su vez, nosotros necesitamos nuevos métodos digitales para analizar y gestionar toda esa información. Esos datos masivos son, fundamentalmente, una «emanación» o un subproducto de la ciudad inteligente, y no estamos más que comenzando a entender lo útiles que podrán ser para gestionar la ciudad del futuro.

Evidentemente, las ciudades, sometidas a toda clase de perturbaciones tecnológicas, tienden a la sostenibilidad, porque son organismos complejos y enormemente adaptativos. Pero lo que realmente hay que saber es si las ciudades, en virtud del cambio tecnológico que ahora domina su desarrollo, se están volviendo más sostenibles desde el punto de vista de la habitabilidad de su entorno. La nuestra es una época en la que la capacidad para comunicarnos con los demás se ve ampliada de manera espectacular por las nuevas tecnologías de la información (TI). Lo que necesitamos plantearnos es si las ganancias en cuanto a la eficiencia que obtenemos de esas innovaciones están produciendo entornos urbanos más habitables y equitativos. Con este objetivo en mente, el presente texto indagará en cómo, envueltas en la capa del movimiento de las ciudades inteligentes, se están aplicando las innovaciones. Este concepto, que conlleva dar respuestas más meditadas a los problemas urbanos, puede, al mismo tiempo, y como muchas otras evoluciones de la ciudad, ser divisivo y confuso, e ir en contra del conjunto de objetivos del desarrollo urbano sostenible.

En la actualidad, el movimiento de las ciudades inteligentes participa de una perspectiva que analiza la urbe desde sus funciones más rutinarias, que suelen ser flujos de información, materiales y personas, que se producen a diario y que registramos mediante precisas escalas temporales compuestas por minutos, horas o días. En realidad, hasta ahora la planificación urbana se había centrado en gran medida en cómo cambian las ciudades y cómo se planifican con vistas a escalas mucho más amplias: años e incluso décadas, que reflejan el tiempo que tardan en producirse los principales cambios espaciales. Sin embargo, el hecho de que ahora podamos recoger datos en tiempo real, utilizando diversos sensores, nos proporciona una visión de las ciudades que cambia el carácter de la planificación y del diseño, llevándolo a plazos mucho más cortos. Se recogen datos utilizando sensores pasivos, insertos en el entorno construido, y también sensores que controlamos mediante nuestras propias acciones, normalmente a través de diversos tipos de teléfonos inteligentes y ordenadores portátiles. Gran parte de esta recogida de datos la posibilita la piel electrónica que ha ido cubriendo la Tierra en los últimos treinta o cuarenta años: internet y su interfaz visual constituyen uno de los medios de comunicación dominantes. También existen muchas redes privadas de diversa magnitud espacial que interactúan de múltiples maneras con internet; el libro de Andrew Blum, Tubes: A Journey to the Center of the Internet [Conductos: viaje al centro de internet] (Ecco Books, 2013), se asoma de manera fascinante a ese mundo. No obstante, este suele estar oculto y de la existencia de la ciudad inteligente solo tenemos indicios superficiales: al usar nuestros propios dispositivos como sensores inteligentes; en los datos que estos nos proporcionan y que, presentados como información, nos ayudan a tomar decisiones, sobre todo al viajar, hacer compras y quizá al poder controlar el consumo energético en casa, en servicios fundamentales como la calefacción; y en la provisión de servicios financieros por internet, lo que ahora se suele llamar «tecnofinanzas».

En realidad, la imagen que tenemos de la ciudad inteligente comprende muchas más cosas de las que verdaderamente tiene. Las grandes empresas informáticas, IBM y Cisco entre otras, ofrecen una imagen de esa ciudad en la que la integración es total y sin fisuras, el acceso es universal, y parece que se mantendrá siempre la sostenibilidad. La realidad, sin embargo, es otra cosa. Es cierto que las nuevas tecnologías de la información exigen una integración que va de la interoperabilidad en diferentes plataformas a la interconexión de datos distintos, pero integrar es enormemente difícil, sobre todo porque el desarrollo de los programas y, desde luego, de los equipos es acumulativo y no está planificado. Tampoco podría ser de otra manera, porque la evolución de la informática se basa en nuevos descubrimientos y, por flexibles o abiertos que sean los diseños, es imposible inventar y desarrollar un componente físico o un programa que pueda anticipar las innovaciones venideras. En consecuencia, el hecho de que el futuro siempre sea un enigma puede comprometer la sostenibilidad.

En realidad, todos los sistemas complejos son así: evolucionan de manera orgánica, no se diseñan desde arriba como estructuras rígidas y totalmente operativas. El otro mensaje que se viene repitiendo como un sermón en los últimos treinta años respecto a las ciudades es la idea de que son sistemas complejos que, más parecidos a organismos que a máquinas, crecen desde abajo; que su diseño nunca es completo ni exhaustivo, y que su forma emana de un desarrollo progresivo. Este no es irracional y su función puede ser muy racional, aunque el diseño de una ciudad completa, que constituye una rareza a menudo concebida casi como un tipo ideal, se basa en un proyecto experimental. Hay un número concreto de ciudades que se han concebido así, casi como colonias industriales: localidades digitales de nueva planta como Masdar, en los Emiratos Árabes Unidos, y Songdu, en Corea del Sur, dejan patente lo que podría producirse en condiciones idealizadas, óptimas. Sin embargo, como las new towns británicas de antaño, los comportamientos de su población suelen estar sujetos con una camisa de fuerza.

Las ciudades inteligentes, que, como ya he señalado, forman parte de la fase actual de la informatización de la sociedad, comenzaron a existir con la Revolución Industrial, promovida por la mecanización de finales del siglo XVIII; se transformaron gracias a la electricidad a finales del XIX y comienzos del XX, y cobraron fuerza desde mediados de este último siglo con el cálculo digital. Esta automatización ha penetrado prácticamente en todos los aspectos de nuestra vida, por lo que la ciudad inteligente, que es la oleada más reciente, se puede definir de muchas maneras mediante las múltiples aplicaciones de los medios digitales y las TI. Aquí no podemos explicar todas estas innovaciones, porque están por doquier. Sin embargo, algunas son más importantes y generalizadas que otras, y en este breve esbozo nos centraremos en tres de ellas: la primera afecta al transporte, la segunda a los medios y redes sociales, y la tercera a los servicios y la ciencia de los ciudadanos. Esos ejemplos repercuten de distintas maneras en el incremento de la sostenibilidad en nuestras ciudades y cada uno de ellos presenta indicios de que podrán contribuir a los objetivos generales de una mayor sostenibilidad tanto como alejarse de ellos.

Llevamos más de cincuenta años recogiendo datos sobre tráfico de vehículos (como cantidad o tipo) a través de detectores de lazo instalados en las carreteras y, poco a poco, la recopilación de datos sobre emisión de billetes de transporte ha servido para medir la demanda de ese servicio. Entre las primeras aplicaciones de las TI en este sector figura la expedición automática de billetes y en muchas grandes ciudades, que tienen entre 2 y 3 millones de habitantes y redes de metro, esos sistemas ya son algo habitual. En Londres, una metrópolis habitada en su núcleo central por unos 8 millones de personas, en torno al 40% de los desplazamientos se realizan en transporte público, y de ellos el 85% utiliza la estandarizada emisión automática de billetes que proporciona la tarjeta Oyster. Es esta una tarjeta inteligente que, mediante un ligero toque, registra todas las entradas y salidas del sistema y el precio del trayecto en cuestión, además de almacenar la cantidad de dinero que los usuarios tienen disponible para viajar. Todos los días se producen entre 12 y 13 toques de tarjeta en el metro, el tren en superficie y el autobús, y los datos que se recogen en tiempo real —sobre lugar de inicio y final del trayecto, y de tiempo transcurrido en segundos— constituyen un registro excepcional del comportamiento de los viajeros y de la dinámica de los sistemas de transporte. Estos datos se pueden utilizar para controlar el sistema, pero también muestran su dinámica. Al saber dónde entra y sale la gente del sistema se puede deducir la función del desplazamiento, relacionando esos datos con los usos del suelo y las actividades en diferentes lugares. Asimismo, es posible analizar la enorme heterogeneidad de los viajes relacionados con esas funciones. Las consecuencias que tienen los trastornos que sufre el sistema se pueden estudiar relacionándolos con los efectos encadenados que ocasionan la interrupción del servicio de trenes y los fallos de señalización en los itinerarios y trayectos de los viajeros, y después se utilizarán para plantear estrategias de mitigación de esos incidentes.

Todas estas innovaciones de última generación tienen que ver con lo que los transportes de la ciudad inteligente pueden ofrecer para mejorar la experiencia del desplazamiento y hacerla más sostenible. Sin embargo, hasta la fecha, la innovación más evidente es la provisión de información en línea mediante aplicaciones de teléfono móvil o paneles y monitores digitales, que informan a los viajeros en las estaciones de cómo está el sistema. En la actualidad hay por lo menos dos docenas de sistemas totalmente automatizados en el mundo y, entre los más pequeños, aumenta el número de los parcialmente automatizados. Es muy posible que en los países del G20, los más ricos, la mayoría de los sistemas de transporte estén ya automatizados en 2025. De hecho, es probable que las tarjetas de transporte inteligentes desaparezcan, ya que esa automatización se está trasladando a tarjetas bancarias (de crédito o débito, como en Londres en la actualidad) que no precisan de ningún «contacto». Esto presagia la proliferación masiva de las compras electrónicas que ahora se hacen, bien de manera directa en las tiendas o en internet, algo que forma parte de esa piel electrónica que, según hemos dicho, está desarrollando el planeta. Si a esto le añadimos los vehículos autónomos que, en menor o mayor medida, se conducen y mantienen solos, comprenderemos que la automatización generalizada del transporte no tardará en llegar, convirtiendo en una realidad este aspecto de la ciudad inteligente. Todos estos elementos son importantes para mejorar la sostenibilidad en materia de congestión del tráfico, accesibilidad y movilidad en las ciudades.

Uno de los elementos más omnipresentes de las ciudades inteligentes, y de los que se desarrollan con más rapidez, son los medios sociales. Una vez que los teléfonos inteligentes comenzaron a llegar a toda la población, se redujo el precio de las telecomunicaciones y los aparatos de telefonía y se pudo acceder a aplicaciones concebidas para facilitar el envío de mensajes, se disparó el acceso y el envío de mensajes personales a portales que permiten a los individuos comunicar prácticamente cualquier cosa que se les ocurra. En la actualidad, Twitter publica alrededor de 500 millones de tuits (breves mensajes de texto) diarios. El número de usuarios registrados de Foursquare, un medio social similar, pero de intereses mucho más restringidos, es notablemente menor y se sitúa en 60 millones, cifra que parece insignificante si se compara con los más de 1.700 millones de usuarios de Facebook, y la lista de medios es muy abultada. Portales para compartir fotos como Flickr ya tienen 112 millones de usuarios, en tanto que Instagram cuenta con 500 millones. En China están surgiendo con rapidez sistemas parecidos, pero autónomos, como Weibo, un medio social para mandar mensajes parecido a Twitter, y Baidu, herramienta de búsqueda equivalente a Google. Si pensamos en las búsquedas en internet y en el tráfico de correos electrónicos, veremos que la magnitud del mundo digital está verdaderamente disparada y que muchas de esas cifras ya incluyen a una parte considerable de la población mundial. Gran parte de estos fenómenos están teniendo lugar en las ciudades y quizá —ojalá— nos estén convirtiendo en personas más informadas y despiertas, aunque al mismo tiempo plantean problemas relativos a la privacidad, la confidencialidad, la propiedad intelectual, etcétera. El posible cambio que estos nuevos medios con los que nos hemos topado en la última década estén produciendo en nuestro comportamiento supone un enorme desafío para nuestra forma de entender el mundo, sobre todo el urbano, y también la función de la ubicación y las consecuencias de la globalización.

En cierto modo, se desconfía de que esos nuevos medios estén cambiando realmente las funciones tradicionales de la ciudad. Puede que simplemente estén reforzando formas de comportamiento tradicionales, pero, como los datos que fluyen de los sensores que forman parte de los dispositivos y las aplicaciones que los medios habitan son algo muy desestructurado, resulta extremadamente difícil buscar en ellos pautas que puedan diferir de las tradicionales que ya conocemos. El otro entorno en el que los datos emanan verdaderamente de la ciudad inteligente es el relacionado con una utilización de internet mucho más interactiva, que se conoce con el nombre de colaboración masiva (crowdsourcing), y que consiste en que las «masas» o individuos que forman una población crean sus propios datos a partir de sus propias respuestas, que se registran a través de internet. Aunque existe la idea de que la masa puede llegar a conclusiones algo distintas, o más inteligentes, que las que ofrecen las respuestas no estructuradas de muchos individuos, la utilización de la colaboración masiva para recoger datos ya es posible si hay gente suficiente con acceso a medios virtuales y con voluntad de responder a un determinado conjunto de preguntas, problemas o desafíos. Esta posibilidad no solo conlleva la creación de datos, sino su recogida con un fin que suele pretender el empoderamiento de quienes participan en dicha labor. Se suele utilizar la expresión «ciencia de los ciudadanos» para dar a entender que en esta actividad son ellos los que se vuelven «inteligentes», en el sentido de que forman parte de un proceso de recogida de datos que podría activar a la propia ciudad.

Un ejemplo bastante sencillo y quizá intrascendente, pero de enorme éxito, es la herramienta cartográfica colaborativa Open Street Map (OSM, www. openstreetmap.org), basada en iniciativas relativamente informadas, pero no profesionales, que aspiran a crear mapas tan detallados como sea posible, incluyendo calles y parcelas, así como las actividades y los usos del suelo correspondientes. OSM está generando mapas que son tan buenos, si no mejores, que los profesionales de los centros cartográficos nacionales, con el añadido de que no los dejan de mejorar, ya que voluntarios formados van corrigiendo sus errores y completan su contenido. Este proyecto también forma parte de un movimiento mayor, el que pretende hacer de los datos algo «abierto», de manera que los que se recogen de forma colaborativa sean accesibles a todos, casi por definición. De este modo se impulsa todavía más a los gobiernos y a otros sectores a una apertura y una difusión de sus datos mayores que las que hasta ahora se daban. En este sentido, las ciudades inteligentes son aquellas en las que los datos abiertos forman parte de un modus operandi que pretende despertar a los ciudadanos y darles poder sobre su futuro gracias a la nueva tecnología. Nosotros creemos que esto fomenta la sostenibilidad de esas ciudades.

Todas estas tecnologías y las iniciativas para ponerlas en marcha pueden hacer que la ciudad sea inteligente. Es preciso aclarar que la palabra inglesa smart se utiliza aquí con su acepción estadounidense. El problema es que ese término se ha puesto tan de moda que, en la actualidad, se aplica a cualquier aspecto urbano. Quizá esto no sea negativo, ya que centra la atención en las dificultades de la automatización generalizada, las perturbaciones que se están produciendo y la idea de que los conceptos tradicionales sobre las actividades y su vinculación a un lugar determinado tienen que extenderse a los datos relacionales, al movimiento y las comunicaciones, y al hecho de que las nuevas tecnologías de la información proporcionan una base para la comunicación con los demás totalmente distinta de la que antes se podía tener. El uso de la expresión «ciudad inteligente» no durará, porque llegará un momento en que el foco de las nuevas TI abandonará este dominio público para llegar a otras zonas de innovación: probablemente la medicina, quizá el combate contra la pobreza o puede que la reestructuración del Estado. Y tal vez pase algún tiempo antes de que se materialice lo que prometen ofrecer los sistemas integrados de TI, a los que cada vez es más frecuente denominar plataformas. Sin embargo, lo que está claro es que las revoluciones industriales, de las que la ciudad inteligente no es más que la fase más reciente, están cambiando la concepción de la ciudad, que dejará de componerse de un conjunto de actividades ligadas a un lugar para convertirse en otra serie de actividades que existirá en un tipo de realidad distinto, en el que la información será la energía: el nuevo combustible que alimentará nuestra forma de trabajar y funcionar en el entorno urbano. En realidad, cuando dejemos atrás la ciudad inteligente quizá ya no hablemos de ciudades, en un mundo en el que, dondequiera que nos encontramos, siempre estamos en comunicación con los demás. En este sentido, creemos que lo que está ocurriendo con las nuevas tecnologías augura verdaderamente una era en la que las ciudades podrán ser cada vez más sostenibles.

BIOGRAFÍA

MICHAEL BATTY

Urbanista británico, geógrafo y profesor en The Bartlett School of Architecture del University College de Londres, donde preside el Centre for Advanced Spatial Analysis (CASA), cuyas investigaciones se centran en modelos informáticos de las ciudades. Estos temas de estudio han sido publicados en varios libros, como Cities and Complexity, que ganó el Premio William Alonso de la North American Regional Science Association Annual Conference (NARSC), o The New Science of Cities, así como en sus blogs http://www.complexcity.info y http://www.spatialcomplexity.info. Es editor de Environment and Planning B y en 2013 fue galardonado con el Prix International de Géographie Vautrin-Lud, conocido como el «Nobel» de geografía.

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