El desarrollo regenerativo

RAYMOND J. COLE

 

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Ha surgido en las propuestas y formas de entender la práctica constructiva el concepto de «impacto neto positivo», según el cual algunos edificios podrían llegar a acumular más energía y más agua de la que necesitan para responder a sus propias necesidades

A pesar de contar con un mayor conocimiento científico de las tensiones que produce el hombre en los sistemas naturales y de un acceso individual y colectivo nunca visto a la información, los líderes políticos y las poblaciones han tardado en aceptar la gravedad del cambio climático y la degradación medioambiental. En el ámbito político, esos problemas siguen viéndose relegados por una plétora de cuestiones aparentemente más acuciantes, como la competencia geoestratégica, las masivas migraciones humanas, el terrorismo o la creciente riada de fenómenos climáticos graves. Cabe suponer que las prioridades de la población cambiarán inevitablemente cuando sea consciente de cómo están afectando esos fenómenos, entre otras cosas, a sus propiedades, a los precios de los alimentos o al abastecimiento de agua, y de que sus decisiones individuales y colectivas son cómplices del calentamiento global y de la inestabilidad climática que conlleva.

A lo largo de la historia se ha considerado que la legislación, cuando es posible aplicarla, es una de las formas más apropiadas para combatir infracciones medioambientales localizadas, sobre todo si se dispone de suficiente información para plantear normativas factibles, fijar objetivos y medir su eficacia. Aunque es posible que las leyes y normativas sigan siendo importantes para reducir las emisiones de carbono antropogénicas, se diría que resulta necesario aumentar la cooperación y el número de acuerdos voluntarios entre las partes interesadas y los órganos reguladores para poder mitigar más eficazmente el cambio climático.

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Ya está claro que el consumo de energía y de recursos y las emisiones de efecto invernadero que generan la construcción y los edificios al utilizarse son una de las causas principales, tanto del calentamiento global como de la degradación medioambiental. Es importante señalar que el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) reconocía que los inmuebles pueden ser el principal escenario de las reducciones de emisiones baratas en todas las regiones del mundo, y que serán esenciales en cualquier futuro global bajo en carbono. Nuestra forma de entender y de responder, individual y colectivamente, al cambio climático y, en concreto, lo que construimos, cómo y dónde lo construimos, y también cómo utilizamos los edificios serán elementos esenciales para propiciar una transición coherente hacia un futuro sostenible.

No resulta fácil mantener cierta tensión al afrontar el conjunto de dificultades medioambientales que ya se nos viene encima y ofrecer al mismo tiempo un mensaje y una perspectiva positivos y esperanzadores. Con el fin de animar a la gente a comprometerse y reaccionar con más celeridad ante el cambio climático y otros problemas medioambientales, una serie de convincentes llamamientos no han dejado de recalcar las consecuencias negativas que tendría no afrontar esos problemas. Por ejemplo, las conclusiones del IPCC van del alarmismo al pesimismo, pasando por el retrato de un deprimente futuro, y todo esto, aun constituyendo y transmitiendo una advertencia y un peligro claros, no ha logrado recabar ni la atención ni el compromiso públicos. Aunque los expertos en psicología medioambiental han demostrado que la mera provisión de información no suele generar el cambio de comportamiento esperado o deseado, intentar convencer a la población basándose en «malas noticias» parece todavía menos eficaz. Por el contrario, se considera que una visión transformadora y positiva que inspire esperanza, ofrezca posibilidades y cree el necesario espacio cognitivo para indagar en nuevas opciones constituye un acicate mucho más potente para la acción colectiva que la presentación de hechos alarmantes y mensajes negativos. Parecidos argumentos pueden aplicarse a los enfoques destinados a mejorar el comportamiento medioambiental de los edificios. Por ejemplo, lo que normalmente se denomina diseño de «edificios ecológicos» ha ido dirigido casi exclusivamente a reducir las consecuencias degenerativas que el entorno construido tiene para la salud y la integridad de los sistemas ecológicos, no a subrayar resultados positivos.

Cuando se habla del comportamiento actual de los edificios ecológicos se suele insistir en inmuebles concretos: esa es la escala en la que se centran las pautas constructivas y en la que se miden los servicios energéticos. Lógicamente, como la «fase última» del enfoque basado en «minimizar los daños» sería «no causar daño alguno», se ha considerado legítimo fijarse el objetivo de que, en su comportamiento medioambiental, determinados edificios lleguen al impacto nulo. En realidad, esa ambición está cada vez más presente en las políticas energéticas nacionales y muchos países proclaman que, a partir de cierta fecha, todas las nuevas edificaciones deberán atenerse al objetivo de un consumo de energía nulo o de emisiones neutras en carbono.

Hasta hace poco, apenas se aludía a la importante función que, como catalizadores, pueden tener los edificios a la hora de cultivar y fomentar comportamientos medioambientales positivos. Ahora ha surgido en las propuestas y formas de entender la práctica constructiva el concepto de «impacto neto positivo», según el cual algunos edificios podrían llegar a acumular más energía y más agua de la que necesitan para responder a sus propias necesidades. Así las cosas, no es sorprendente que la primacía del edificio individual, en tanto centro de las estrategias energéticas, también se esté viendo cuestionada por la tendencia creciente a ver en los inmuebles potenciales nodos de recursos, integrados en una infraestructura reticular como las de un sistema energético de distrito o una red eléctrica inteligente.

Si aceptamos que un edificio, por sí solo, no puede ser sostenible, pero que sí se puede diseñar para que contribuya a pautas vitales sostenibles, su función podría llegar a tener más relevancia que el propio edificio. Ese punto de vista es esencial para un concepto incipiente, el de desarrollo regenerativo, en virtud del cual los edificios, además de responder a sus demandas funcionales, aportan a la comunidad otro tipo de «valores», como son la mejora del bienestar social, la creación de empleo, nuevas oportunidades de negocio y un fortalecimiento de las relaciones humanas con los sistemas naturales. Es importante señalar que, en lugar de reducir los impactos destructivos, los enfoques regenerativos consideran que los edificios permiten el desarrollo social y ecológico pleno de los sistemas ecológicos en los que se asientan. Por tanto, se diría que, para que los edificios sirvan de catalizador hacia un cambio medioambiental global, deben establecer una conexión nueva y relevante con su entorno.

El concepto de regeneración —«renacimiento» o «renovación»— se ha aplicado a situaciones diversas: aquellas en las que el entorno construido y las comunidades deben enfrentarse a grandes destrucciones, o en las que se ha alcanzado tal degradación que se considera que ha llegado el momento oportuno para la renovación; y también, por supuesto, situaciones en las que se ha alcanzado el compromiso de iniciar la reconstrucción. La transformación resultante, aun encarnando restos del pasado, está empapada de nuevas aspiraciones y posibilidades. Sin embargo, en los últimos años, la regeneración ha ido recabando un creciente interés como método para reformular prácticas constructivas ecológicas, lo cual, además, ha traído consigo connotaciones cualitativamente distintas y más amplias que las anteriormente utilizadas. El libro de John Lyle, Regenerative Design for Sustainable Development, publicado en 1994, puso de manifiesto las diferencias esenciales entre la producción unitaria y lineal, con procesos cerrados que, por consiguiente, reducen la entropía, y los conceptos actuales de desarrollo regenerativo, que, más que insistir en los procesos de gestión, hacen hincapié en las relaciones coevolutivas y la colaboración entre los seres humanos y la naturaleza. Mediante el desarrollo regenerativo se imagina por primera vez un puente entre el desarrollo humano y los atributos físicos, funcionales, emocionales y espirituales de la naturaleza. En el desarrollo regenerativo no es el edificio el que se «regenera», como lo haría un organismo vivo recurriendo a sus propios medios para curarse y organizarse, sino que es el propio acto constructivo el que puede ser un catalizador del cambio positivo interior y dar más valor al «lugar» único en el que está situado.

Aunque las perspectivas y prácticas regenerativas no dejan de evolucionar, libros como el de Dominique Hes y Chrisna du Plessis, Designing for Hope: Pathways to Regenerative Sustainability (2014), y el de Pamela Mang y Ben Haggard, Regenerative Development and Design: A Framework for Evolving Sustainability (2016), nos han proporcionado sólidas justificaciones e interpretaciones de principios esenciales. En el desarrollo regenerativo, las actividades de los habitantes de las construcciones, los propios edificios y el hecho de que se habiten se vuelcan, en conjunto, en mejorar todas las manifestaciones de la vida —la humana, la de otras especies, la de los sistemas ecológicos—, mediante una actitud de permanente responsabilidad en la administración. Hay que señalar que el desarrollo regenerativo permite verdaderamente que relaciones socioecológicas entre diversas escalas y complejos sistemas de adaptación determinen las formas de concebir la construcción y las infraestructuras.

El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) reconocía que los inmuebles pueden ser el principal escenario de las reducciones de emisiones baratas en todas las regiones del mundo

Reducir el ritmo y la magnitud de la degradación medioambiental y participar en enfoques regenerativos son requisitos esenciales y complementarios para trazar la senda hacia un futuro sostenible. La intención, el vocabulario y el marco integral del desarrollo regenerativo ofrecen un potencial considerable para acelerar la creación de un pensamiento sistémico y una visión, una propiedad y una responsabilidad compartidas. Aunque la práctica del «diseño participativo» amplía el campo de intervención de los sectores interesados, la autoridad y el conocimiento siguen residiendo en gran medida en el equipo de diseño profesional. Por el contrario, los enfoques regenerativos insisten en la coproducción del entorno construido, en una mayor igualdad entre todos los interesados y en exigir, desde el principio, más tiempo para descubrir lo que se valora. En consonancia con lo apuntado por Margaret Wheatley, para quien la gente cuida lo que crea, al establecer asociaciones y cambiar las relaciones de poder inherentes a la producción de edificios podemos estar más seguros del mantenimiento a lo largo del tiempo de las ambiciones iniciales del proyecto.

Entonces, ¿por qué está cobrando relevancia el diseño regenerativo? Desde luego, en Norteamérica, desde el punto de vista práctico, se han buscado aspiraciones y enfoques complementarios o alternativos a los que, evidentemente, representaba el sistema de calificación ecológica propugnado en Estados Unidos por el LEED (Liderazgo en Energía y Diseño Medioambiental) o a los que de él han emanado. Aunque el LEED ha demostrado ser enormemente valioso como vehículo de homogeneización, su formato, basado en una lista de control, es incapaz de darle al diseño un enfoque sistémico y de establecer vínculos positivos entre los edificios y su contexto. Además, aunque el diseño ecológico no reduce la importancia ni la necesidad de atenuar los impactos degenerativos que tienen los edificios sobre los sistemas naturales, si se compara con las aspiraciones del desarrollo regenerativo se observa que carece de responsabilidad y de motivación suficientes.

La reacción frente a los métodos de evaluación reduccionistas, basados en listas de control, redunda de manera relativamente escasa en el mayor atractivo de los enfoques regenerativos. Mucho más fundamental ha resultado en este sentido la conjunción de varias tendencias históricas, que, o bien estaban latentes, o bien discurrían en paralelo al discurso y la práctica convencionales de la construcción ecológica durante los últimos treinta años aproximadamente. Aunque muchos de sus principios fundamentales —el pensamiento sistémico, la participación de la comunidad, el respeto al lugar— tienen una larga historia en el discurso y la práctica arquitectónicos, los procesos regenerativos los unen entre sí de manera convincente.

Para reformular la práctica constructiva dentro del desarrollo regenerativo es preciso comprender y conciliar diversas relaciones, como la que se establece entre el pensamiento sistémico y los enfoques reduccionistas; entre el funcionamiento de determinados edificios y el contexto general en el que se ubican, o entre enfoques privativos de un lugar o región y los sistemas globalizados. Quizá la transformación más relevante y necesaria no atañe al nivel estratégico, sino a la mentalidad de los equipos de diseño y sus clientes. Aquí es donde se hace necesario aceptar que las causas últimas de nuestra actual odisea medioambiental emanan principalmente de las diferencias de funcionamiento entre los sistemas naturales y los humanos. En realidad, uno de los más importantes desafíos de este siglo será transformar lo que los seres humanos valoran, y para ello habrá que convertir en prioridad social la necesidad de administrar el medio ambiente y, en concreto, la de alinear la economía global con los dictados de la sostenibilidad ecológica.

Uno de los principios fundamentales del desarrollo regenerativo es la reconexión de las personas con los espacios singulares en los que viven, dando así lugar a la necesaria conciencia de que se comparte un significado, una atención y una administración. Quizá la proliferación y el uso generalizado de las tecnologías de la información, que permiten un acceso digital inmediato desde cualquier lugar, acentúen todavía más la necesidad de ubicarnos en espacios físicos identificables y significativos, concebidos para la interacción social y la relación con la naturaleza. Si la experiencia que proporciona un lugar determinado sirve verdaderamente para contrarrestar el mundo envolvente y más abstracto de los sistemas de información globales, como es lógico, esa experiencia irá unida a estrategias destinadas a proporcionar «lentitud» a una vida cada vez más acelerada. Está claro que la revitalización del lugar no se limita a dónde y cómo construimos, y que también puede ser una reacción y una manifestación del deseo que tiene la gente de alcanzar un mayor control de su vida. El localismo, por ejemplo, es partidario de la producción y el consumo local de bienes, del control local del gobierno y del fomento de la historia, la cultura y la identidad locales. Es evidente que los condicionantes y las oportunidades de cada lugar irán dictando la evolución de las necesidades sociales que hay que recuperar y mantener en el entorno local, y de las que quedarán en el ámbito de la producción, el comercio y el intercambio nacionales y globales.

Todas las actividades humanas, entre ellas las prioridades en materia de diseño constructivo, las determinan la cosmovisión y el sistema de valores imperantes en el contexto social y cultural en el que emergen. Las cosmovisiones conforman los presupuestos subyacentes que impulsan lo que la gente piensa del mundo: qué preguntas se hace, qué soluciones busca y qué métodos utiliza para buscarlas. Es probable que no se produzca un cambio fundamental hasta que la cosmovisión antropocéntrica y mecanicista imperante no se sustituya por una cosmovisión ecológica, en la que el ser humano forme parte inseparable de una comunidad vital mayor. No será esta una empresa fácil o rápida, dado que la cosmovisión imperante tardó en crearse unos quinientos años y que está inserta en todos los aspectos de la sociedad y la cultura occidentales. Sin embargo, Hess y Du Plessis presentan indicios de que está ganando terreno una cosmovisión ecológica alternativa, y de que el ritmo creciente que las tecnologías de la información y la comunicación están imprimiendo a la difusión de las ideas permite anticipar una transición más rápida.

Aunque las iniciativas que pretenden mitigar la magnitud del calentamiento global seguirán siendo esenciales, cada vez será más necesario adaptarse a un contexto climático y medioambiental incierto y cambiante, desatado por pasadas actividades humanas. En realidad, es probable que en las décadas venideras la adaptación al cambio climático se convierta en una de las principales preocupaciones del ser humano. Aunque el cambio continuo, la incertidumbre y lo impredecible caracterizan sistemas de adaptación complejos como el entorno construido, los sistemas de percepción humanos, por el contrario, tienden al orden, la permanencia, la optimización y los resultados predecibles. Mang y Haggard señalan que, en lugar de aceptar y asumir la incertidumbre, en líneas generales lo que hemos hecho es convertir nuestra vida en algo más predecible y controlable, a través de tecnologías que cada vez consumen más energía. Para los defensores de los enfoques regenerativos, la capacidad de autocuración de los organismos vivos, la reformulación del diseño arquitectónico a través del vínculo con los sistemas naturales y el innato espíritu de innovación y emprendimiento del ser humano proporcionan una forma de transitar de manera positiva por el futuro que creará un clima cambiante. Es probable que la evolución conjunta de estas y otras actividades humanas, junto a las de los cambiantes sistemas naturales, para el mutuo beneficio de unas y otros, diferencie las futuras pautas de asentamiento humano de las anteriores. Quizá acabemos llegando a la conclusión de que el acto constructivo no destruye los sistemas naturales ni agota los recursos de la Tierra, sino que contribuye a la creación de un mundo floreciente, flexible y exuberante, que es su punto de apoyo.

BIOGRAFÍA

RAYMOND J. COLE

Desde 2013 es director del prestigioso Centre for Interactive Research on Sustainability (CIRS) de la Universidad de la Columbia Británica (Canadá). Es profesor y exdirector de la School of Architecture and Landscape Architecture, e imparte clases sobre aspectos ambientales en el diseño de edificios en dicha universidad. Es miembro de honor del Architectural Institute de la Columbia Británica y miembro del Royal Architectural Institute of Canada (RAIC). Ha recibido numerosos reconocimientos y galardones académicos y profesionales por sus actividades de docencia e investigación, entre otros los concedidos por el U. S. Green Building Council de Canadá, el premio Barbara Dalrymple Memorial for Community Service, que concede el Architectural Institute of British Columbia’s, y el Lifetime Achievement, de la organización Sustainable Buildings Canada’s.

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