Desinversión, inversión, subvenciones e impuestos

MIKE BERNERS-LEE

 

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Conformamos nuestro futuro a través de las inversiones. Las que nos condujeron a donde estamos ahora no nos llevarán a donde necesitamos llegar, así que es urgente cambiar de combinación

Una historia de crecimiento energético

Año tras año, durante mucho tiempo, los humanos hemos hecho crecer la economía. Y lo hemos logrado mediante un mecanismo de retroalimentación fundamentalmente positivo: redirigiendo una pequeña proporción de la energía disponible hacia inversiones de futuro. Hace algunos milenios esa empresa se plasmaba principalmente en el acto de guardar una pequeña parte de los alimentos cultivados para replantarlos. Un par de siglos atrás, esa práctica comenzó a incluir algo importante: la utilización de parte de nuestro carbón, no para nuestro propio consumo, sino para alimentar motores que activaban bombas de drenaje en las minas, con lo que se posibilitaba la extracción de más carbón aún. Desde que comenzamos a recopilar datos, en torno a 1850, nuestro crecimiento energético ha sido un proceso increíblemente constante y predecible. Lo hemos mantenido en torno al 2,4% anual, con pequeñas desviaciones, que no son más que ruido aleatorio, respecto a una curva exponencial. Y gracias a nuestra energía se ha desarrollado el conjunto de la economía.

Una historia de aumento de las emisiones

Desde 1850, el crecimiento energético se ha debido en gran medida a los combustibles fósiles, por lo que no es sorprendente que las emisiones de carbono generadas por el consumo de energía humano también hayan aumentado exponencialmente, reflejando el incremento de la propia energía. La única verdadera diferencia entre la trayectoria de la energía y la de las emisiones de carbono es que el aumento de estas solo representa tres cuartos del índice de crecimiento; es decir, 1,8%, con unas diferencias que se explican gracias a la constante mejora de las medidas de eficiencia (un 0,6% anual).

FIGURA 6

Un vínculo histórico entre el carbono y el dinero

Como el aumento de las emisiones también ha ido parejo al del PIB, algunos han abogado por un cambio radical: poner fin al propio crecimiento económico, viendo en esa medida la única manera de recortar las emisiones. Sin embargo, aunque es cierto que tenemos que reducirlas, hay dos posibilidades lógicas, no una: reducir el tamaño de la economía o acabar con el vínculo tradicional entre esta y los combustibles fósiles.

Una nueva opción

Está claro que nuestro crecimiento se basa en la inversión, pero lo que también necesitamos comprender es que la configuración de ese crecimiento, su producto, lo define aquello en lo que invertimos. El aumento de la energía y el de las emisiones de carbono han ido de la mano durante los últimos 170 años, ya que gran parte de la inversión en energía se ha destinado a los combustibles fósiles. Hemos invertido en el descubrimiento de nuevas reservas, averiguando cómo extraerlas de manera eficiente, construyendo oleoductos y gasoductos, petroleros, terminales y gasolineras para llevar esos combustibles a todo el mundo que los quiera y pueda pagar por ellos. Además, hemos invertido en productos que, gracias a la combustión, dan a los materiales fósiles millones de usos.

La configuración de nuestro crecimiento y la dirección que sigue al expandirse las determina exactamente aquello en lo que invertimos. Tenemos una gran deuda, sobre todo de gratitud, con los combustibles fósiles, por todo lo que nos han dado hasta la fecha. Sin embargo, las circunstancias han cambiado. Debemos invertir de otra manera para cambiar de rumbo. Nuestras inversiones determinan nuestro futuro.

La desinversión y la inversión son dos caras de una misma moneda. La desinversión en una cosa concede la oportunidad de invertir en otra. Esto es positivo, porque, aunque es esencial que dejemos de invertir en combustibles fósiles, es igualmente importante empezar a invertir en otras cosas. Lo bueno de todo esto es que el dinero que se retira de un sector puede financiar en gran medida el otro.

En realidad, se puede considerar que las subvenciones son inversiones únicamente financiadas por el Estado y que los impuestos son lo contrario, desinversiones de origen público.

Hasta ahora he descrito de qué manera la configuración de nuestra inversión determina nuestro futuro y cómo, al invertir en combustibles fósiles, hemos elegido un futuro basado en ellos. En su momento, era una opción apropiada, pero ahora es urgente cambiar. A continuación, voy a perfilar por qué es tan urgente apartarse de los combustibles fósiles y por qué necesitamos tan imperiosamente retirar las inversiones en ese sector.

La urgencia de reducir la inversión en emisores de carbono

Llegados a este punto, es preciso repasar muy someramente algunas cifras importantes. Gran parte de los razonamientos generales que aquí me limito a esbozar aparecieron por primera vez en los grandes medios en 2012, cuando Bill McKibben publicó en la revista Rolling Stone el famoso artículo en el que instaba a «hacer cuentas». Unos meses después, Duncan Clark y yo publicamos un libro titulado The Burning Question (La cuestión candente), en el que también partíamos de artículos escritos por Andrew Jarvis, de la Universidad de Lancaster, y de muchos útiles debates. Se pueden encontrar análisis similares, a veces con cifras ligeramente distintas, en los informes del IPCC y en diversos laboratorios de ideas. Los tres párrafos siguientes son ya un terreno trillado sobre el que no podemos llamarnos a engaño.

Después de la Cumbre de París de 2015, el mundo ha llegado por fin a la conclusión de que no hay que permitir que el aumento de temperaturas supere los 2 °C y que lo ideal sería no rebasar el límite de 1,5 °C. La ciencia tiene claro que, dado que aún no disponemos de tecnologías fiables para retirar los gases de efecto invernadero de la atmósfera, a lo largo de la historia solo podemos permitirnos un máximo de emisiones de carbono. Además, un consenso bastante mayoritario, por lo menos en términos aproximados, coincide en la parte de esa cantidad que se ha emitido y en la que queda para tener alguna posibilidad (que el IPCC sitúa con mucho tiento en un 66%) de limitar el ascenso de temperatura a 2 °C. Todo esto puede utilizarse para calcular la cantidad de combustibles fósiles que podemos consumir a partir de ahora. El consumo máximo de combustibles fósiles se puede comparar con las reservas que se calcula que hay de los mismos. Las estimaciones no son exactas y se expresan de diversas maneras: «reservas demostradas» (con un 95% de posibilidades de extraerlas de forma rentable con la tecnología y los precios actuales); «reservas probables» (50% de posibilidades), y «recursos» (extraíbles, pero no necesariamente rentables con la tecnología y los precios actuales).

El gráfico 2 demuestra que en la Tierra existen muchos más recursos fósiles de los que podemos consumir si no queremos que la temperatura suba más de 2 °C. En vista de ese límite, y aunque dejáramos sin extraer todo el carbón, no podríamos consumir más que una pequeña parte del petróleo y del gas. Con los combustibles fósiles tenemos un problema de abundancia, no de escasez. En realidad, si solo fuera un problema de escasez, podríamos incluso librarnos de tener que tomar medidas drásticas contra el cambio climático. Además, las reservas y recursos fósiles, lejos de agotarse con el consumo humano, no dejan de aumentar. Atizadas por la constante inversión, se descubren continuamente nuevas reservas y se desarrollan nuevas tecnologías para extraerlas de manera rentable: en el Ártico, a partir de esquistos o tierras bituminosas, en el fondo del mar, etcétera.

Hay una cosa cegadoramente clara: la inversión en combustibles fósiles nos es tan necesaria como un tiro en la sien. O eliminamos la inversión para buscar todavía más carbón, petróleo y gas, o nos conducirá a un futuro que el mundo ha acordado, por fin, que es enormemente peligroso.

La vigencia de desviar la inversión a otros conceptos

Lo mejor de todo esto es que, al eliminar la inversión en combustibles fósiles, recortarles las subvenciones y gravarlos, una enorme cantidad de dinero se apartará de la creación de un futuro enormemente peligroso para permitirnos, a nosotros y a nuestros hijos, un porvenir mejor. La palabra desinversión tiene una connotación negativa, pero hay que recordar que su reverso es positivo: libera oportunidades para invertir en otras cosas. Del mismo modo que a veces se considera que los impuestos son negativos, es esencial recordar que la otra cara de la moneda radica en las oportunidades de financiación que estos generan.

De manera que sabemos que debemos desinvertir en combustibles fósiles, gravarlos y reducirles las subvenciones; sabemos que así podremos invertir en otra clase de crecimiento. En consecuencia, lo crucial aquí es qué elegiremos para sustituirlos y si será lo suficientemente bueno como para permitirnos vivir bien.

Inversiones esenciales

1. Energías renovables

El incremento del consumo energético ha sido constante desde que se tienen datos, y probablemente desde que levantamos las pirámides con las manos, quizá incluso antes. Hay quienes abogan por acabar con esa prolongada tendencia, tal vez tengan razón al decir que podríamos y deberíamos hacerlo, pero seamos por ahora conservadores y demos por hecho que el tradicional crecimiento del consumo energético «como si no pasara nada», a un ritmo del 2,4%, es, o bien deseable o bien inevitable, o ambas cosas. Si es así, más nos valdría sustituir los combustibles fósiles por renovables a toda velocidad. Por fortuna, todo está listo para una revolución solar. Lo único que falta es la cantidad de inversión que le permita imponerse en el abastecimiento de energía. Los índices de crecimiento de la energía solar en el mundo superan el 30% anual. Los costes están comenzando a poder competir con los de los combustibles fósiles, e incluso podrían ser inferiores, y parecen estar cayendo en torno al 10% cada vez que se duplica la capacidad total. Al no prestar atención a las instalaciones en las azoteas, tanto BP como la Agencia Internacional de la Energía subestiman enormemente la potencia total de la energía solar mundial, situándola en torno al 50% del total, cuando, en realidad, es probable que suponga, como mínimo, el doble de ese cálculo. Si los índices de crecimiento pudieran mantenerse en el nivel actual, en 2030 podríamos estar nadando en energía verde. Está claro que mantener elevado el nivel de crecimiento mientras aumenta la magnitud es un desafío, pero, en sí misma, la capacidad total no tiene por qué toparse con barreras. No es previsible que escaseen el suelo ni las materias primas que se necesitan para instalar paneles solares. Para el índice de crecimiento, el factor esencial es el nivel de inversión.

Aunque la energía solar sea la innovación más positiva que nos hayan ofrecido las renovables, en el mundo no todos los lugares son propicios para obtenerla. Por fortuna, en muchos de los menos soleados son diversas las posibilidades de obtención de energía a partir del viento y de las olas. En consecuencia, en la cesta energética, esas tecnologías son igualmente esenciales. También están progresando y exigen inversiones.

2. Medios de transporte con energía solar

Los hidrocarburos líquidos tienen la gran ventaja de constituir una reserva de energía compacta y ligera. A pesar de la contaminación, el ruido y la porquería, han permitido que los coches recorran cientos de kilómetros sin repostar y que los aviones sobrevuelen medio mundo llevando consigo todas sus necesidades energéticas. Un mundo bajo en emisiones de carbono necesita invertir en tecnologías e infraestructuras relacionadas con el coche eléctrico. Y es probable que, en este sentido, el elemento primordial sean las tecnologías relativas a las baterías: necesitamos almacenar energía de forma ligera, duradera y no tóxica, para miles de millones de vehículos, y sin tirar por la borda los recursos minerales del mundo.

En el transporte aéreo, en la actualidad no hay alternativa a la vista para los combustibles fósiles líquidos, así que, o bien los fabricamos directamente a partir de energía solar o utilizamos biocombustibles. Para lo primero haría falta desarrollar tecnologías ya emergentes, en tanto que para lo segundo es preciso invertir con inteligencia en la organización de la alimentación y el uso del suelo para poder fabricar biocombustibles sin acabar con la biodiversidad u ocasionar hambrunas, aunque la población llegue a los 10.000 millones o los supere.

3. Infraestructuras para consumir menos energía

Entre las medidas de adaptación figuran el diseño urbano inteligente y la retroadaptación de edificios antiguos para dotarlos de eficiencia energética, siendo prioritario centrarse en aquellos que más energía pierden, como los peores del antiguo y chirriante parque inmobiliario británico. También sería preciso retroadaptar el aislamiento básico y utilizar iluminación de bajo consumo. Las prioridades en materia de diseño urbano se centran en posibilitar una vida que no recurra al coche a diario. Pueblos y ciudades han de ser compactos, no expandirse, para que sea cómodo desplazarse a pie o en bici, lo cual fomenta enormemente el bienestar y reduce las emisiones. Hay que desinvertir en urbanizaciones periféricas de adosados, que expanden las urbes, e invertir en centros urbanos compactos.

4. La captura de carbono

La captura de carbono tiene una enorme importancia, porque cualquier limitación realista de la subida de temperatura a 2 °C o menos dependerá de su retirada de la atmósfera. Sea cual sea el límite que acabemos fijando para nuestras emisiones, seguiremos topándonos con efectos adversos del cambio climático, con lo cual correremos el riesgo de desatar todavía más cambios catastróficos, quizá de una magnitud que ni siquiera podemos concebir. Si observamos sin engañarnos la falta de agilidad que ha mostrado hasta ahora la humanidad al enfrentarse al cambio climático, veremos que es muy posible que rebasemos, quizá con mucho, los 2 °C de temperatura. En vista de esta situación, tiene muchísimo sentido desarrollar y aplicar tecnologías de retirada de CO2. Ninguna de ellas despegará en ausencia de inversiones «sin ánimo de lucro», y sin aplicar subvenciones o impuestos, porque su rendimiento comercial es muy escaso. La captura y el almacenaje del carbono que emiten las centrales eléctricas incrementan el coste de la electricidad. Digámoslo con claridad: el libre mercado no puede por sí solo sufragar esa captura.

Desinvertir en combustibles fósiles y gravar las emisiones pueden posibilitar enormemente dos tipos de captura de carbono. El primero es la captura y el almacenaje en el momento de la combustión. Se trata de una tecnología que, prácticamente lista y a la espera de recibir financiación, será útil mientras los combustibles fósiles formen parte de la cesta energética, aunque solo llegará a capturar una discreta proporción de las emisiones. El segundo tipo se basa en el desarrollo y aplicación de tecnologías de extracción del carbono del aire que nos rodea. Aunque este procedimiento se encuentra en una fase de desarrollo mucho más incipiente, ahora todos los escenarios climáticos responsables confían en que su expansión reduzca la cantidad de carbono atmosférico que habrá cuando se alcance un inevitable punto álgido. Recuerdo que hace cuatro años escribí que no me parecía sensato confiar en una tecnología incierta e incipiente. Ahora escribo que, por incómodo que nos pueda parecer, debemos retrasar el reloj y no llegar a causar los males que podríamos causar. Cuando escucho decir que a esta tecnología todavía le quedan décadas para desarrollarse, no puedo evitar pensar en las analogías de la época bélica —la Segunda Guerra Mundial en el Reino Unido— con las que me crie, y que hablaban del desarrollo imperioso y a toda velocidad del radar, los Spitfires y los descodificadores. Es muy difícil precisar a qué velocidad puede desarrollarse algo. Como no lo sabemos, no resulta cómodo confiar en ello, pero, ya que el mejor escenario no deja de ser un cambio radical, debemos seguir empeñándonos en alcanzar ese escenario, mediante la inversión.

FIGURA 7

5. Inversiones en suelo y alimentos

Es urgente mejorar la utilización del suelo y el marco alimentario. Aunque producimos más del doble de las calorías comestibles que necesitamos, las enormes dificultades que presenta el tránsito del campo al plato tienen como consecuencia que no todo el mundo acceda a la nutrición que necesita. Entretanto, estamos acabando con la biodiversidad a un ritmo alarmante y arrojando sin parar gases de efecto invernadero a la atmósfera con nuestra explotación del suelo, hasta el punto de que la agricultura es responsable de entre un cuarto y un tercio de todos esos gases.

Muchas de las mejoras que se precisan no tendrían por qué conllevar inversiones multimillonarias. La transformación más importante sería un cambio de dieta sorprendentemente sencillo, que nos llevara a un menor consumo de lácteos y carne, sobre todo de vaca. Así se reducirían enormemente las emisiones de gases de efecto invernadero, mejoraría el rendimiento nutricional de la tierra y, al aliviar la presión que sufre el suelo, ese cambio debería ser clave para poner coto a la deforestación. La inversión neta en infraestructuras sería nula, ¡o quizá menos que eso! También necesitamos reducir la cantidad de residuos en toda la cadena alimentaria y, a este respecto, los requisitos en materia de infraestructuras tampoco son muchos. No obstante, sí sería preciso invertir en dos aspectos importantes. El primero, en investigación. Todavía nos falta mucho por saber sobre las repercusiones que tienen en el medio ambiente las diferentes formas de cultivo y, en concreto, si las explotaciones agropecuarias almacenan o liberan carbono y en qué cantidades. Es preciso investigar para saber cómo compaginar los cultivos eficientes con el fomento de la biodiversidad. Hay que analizar mejor ciertas prometedoras alternativas manufacturadas a la carne. También hay que comprender cómo se puede utilizar el suelo para crear los hidrocarburos líquidos que seguramente necesitaremos para mantener la aviación en un mundo bajo en emisiones de carbono.

En segundo lugar, será preciso invertir en los granjeros. Hay que entender que las mejores maneras de explotar la tierra no son las más baratas. Para conseguir, a un tiempo, producir alimentos, reducir las emisiones y fomentar la biodiversidad son necesarios toda clase de cuidados. Y mucha gente. Lo bueno de esto es que gente hay mucha más que nunca y que pronto habrá, por lo menos, otros 2.000 millones de personas. Durante los últimos dos siglos hemos tratado de reducir la cantidad de gente que se dedica al campo. Es una locura, dada la abundancia de mano de obra. Deberíamos tratar de emplear a más gente, para mejorar en el cuidado de la tierra y el cultivo de alimentos. Hay que invertir en los granjeros y subvencionarlos para que hagan las cosas como es debido. Evidentemente, el dinero para esas inversiones tendrá que salir de las subvenciones, profundamente inútiles, que reciben los combustibles fósiles; habrá que desinvertir en ellos y, mejor aún, aplicarles gravosos impuestos.

¿Cuánto dinero pueden liberar la desinversión y la retirada de subvenciones? En 2013, la inversión mundial en combustibles fósiles superó el billón de dólares, en tanto que la inversión en renovables únicamente se situó en 200.000 millones.

Si queremos limitarnos a una subida de temperatura de 2 °C, quedarían por emitir, más o menos, 300.000 millones de toneladas de CO2. Imaginémonos un impuesto sobre esa sustancia de 300 dólares por tonelada. Esta cifra, que a mucha gente le parecerá elevada, incrementaría en un dólar el precio del litro de gasolina. Así se recaudarían unos 90 billones de dólares. Si 45 billones se distribuyeran entre todos los adultos y niños del mundo, a razón de 6.000 dólares por cabeza, se produciría una considerable reducción de la desigualdad mundial. Quienes consumieran más combustible seguirían estando peor, pero los que fueran frugales serían más ricos. Entretanto, ese fondo colosal de 45 billones de dólares en inversiones podría transformar el panorama energético. Se podría subvencionar incluso a las petroleras para que desarrollaran modelos de negocio bajos en emisiones. Los planes de pensiones que pudieran verse afectados por la caída de los activos de los combustibles fósiles podrían compensarla con los beneficios de su reinversión en actividades bajas en emisiones.

Las desinversiones que necesitamos, y las oportunidades de inversión esenciales que crearemos con ellas, nos permitirán ofrecer un futuro deseable para nosotros y para las generaciones venideras

¿Qué significa esto en la práctica?

Cualquier decisión financiera conlleva una inversión en un tipo u otro de futuro. A pequeña escala, toda decisión de compra, por poco peso que tenga, fomenta unas cadenas de abastecimiento y rechaza otras. Incluso el mantenimiento de una bicicleta supone una inversión en infraestructuras bajas en emisiones. En el tramo superior de las decisiones personales, destacan las pensiones y la vivienda. Las carteras de pensiones actuales no solo nos exigen analizar el rendimiento que ofrecen, sino el tipo de futuro al que contribuyen. Tal vez los que trabajan como empleados se sientan impotentes, pero, a pesar de todo, pueden ayudar haciendo saber su opinión en el trabajo. Las inversiones inmobiliarias pueden respaldar construcciones que consuman energía de manera eficiente y diseños urbanos sostenibles, y no zonas suburbanas con edificios mal aislados que dependen del transporte para acudir al trabajo y que consumen mucha energía.

A las empresas y los gobiernos se les aplican exactamente los mismos principios que a las inversiones y el gasto, los impuestos y las subvenciones. Es preciso gravar los combustibles fósiles y, por supuesto, retirarles las subvenciones. Lo mismo puede decirse de sus infraestructuras, y de la investigación y el desarrollo que conllevan. Esos ingresos fiscales podrían invertirse en los aspectos esenciales antes mencionados y también destinarse a apoyar temporalmente a los sectores y las personas que, de forma inevitable, se verán perjudicados por la velocidad de la transición. Al igual que el ámbito individual, el empresarial y el de las pensiones públicas destacan por su condición de zonas de inversión clave que habrá que enmendar. Es evidente y también importante que ya se puede comprar electricidad obtenida con fuentes renovables, algo que se está convirtiendo en una opción convencional, incluso para las grandes empresas. Sin embargo, dejando de lado este punto, cualquier compra que anotemos en nuestra contabilidad nos acerca o aleja del futuro de los combustibles fósiles: nos acerca o aleja del futuro que desearíamos para nuestros hijos.

BIOGRAFÍA

MIKE BERNERS-LEE

Experto en las emisiones de carbono, la escala del cambio climático y la agenda sobre sostenibilidad. Es fundador de Small World Consulting, autor de How Bad Are Bananas?: The Carbon Footprint of Everything y coautor de The Burning Question, entre otros libros sobre medio ambiente. Es profesor del Institute for Social Future de la Universidad de Lancaster, donde estudia los grandes retos de la sostenibilidad en el siglo XXI. Colabora con varios medios de comunicación y ha trabajado en áreas relacionadas con la energía y las emisiones en diversas organizaciones del sector público y corporativo.

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