Juventud y pobreza en la población

SIDDHARTH AGARWAL

 

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Dado que la mitad de la población mundial tiene menos de 25 años y un tercio, menos de 15, los jóvenes son quienes más poder poseen sobre el futuro sostenible

El papel de los niños y jóvenes de barrios marginales en la mejora del mundo urbanizado

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de la ONU, junto con el ambicioso conjunto de 17 nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), aprobados por la Asamblea General en septiembre de 2015 en Nueva York, apuntan en qué aspectos fundamentales podría mejorar la situación de las poblaciones vulnerables y empobrecidas. Así lo refleja el énfasis en el desarrollo inclusivo de varios de los 17 ODS, entre ellos el objetivo 11, que pretende «Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles».

Dado que más de la mitad de la población mundial tiene menos de 25 años y un tercio menos de 15, los jóvenes son quienes más claves y poder poseen sobre el futuro sostenible global. En la actualidad, se habla en todo el mundo del «poder de los más pequeños y de la juventud». Aunque una proporción considerable de la juventud urbana se beneficia de esta era tecnológica y utiliza diferentes medios para relacionarse con jóvenes de otros países y continentes, un importante porcentaje de niños y jóvenes vive en barrios marginales, asentamientos irregulares y viviendas igualmente desfavorecidas del Sur global. Según el informe de las Naciones Unidas titulado El poder de 1.800 millones, en un mundo que cuenta con 7.300 millones de habitantes, hay alrededor de 1.800 millones que tienen entre 10 y 24 años (Das Gupta et al., 2014). Esto supone que, desde 1950, cuando en el planeta había 2.500 millones de personas, ese grupo ha aumentado en 721 millones. Nunca había habido tantos jóvenes en el mundo. Muchos de ellos se concentran en los países en desarrollo. De hecho, en los 48 menos desarrollados del mundo, los niños y los jóvenes son el principal grupo demográfico.

Otro de los rasgos que caracterizan el mundo actual es la rápida urbanización, ya que en 2016 casi el 55% de la población mundial es urbana. Ese acelerado crecimiento ejerce una gran presión sobre la vivienda y el terreno urbanizado. Se calcula que en 2030 unos 3.000 millones de personas, en torno al 40% de la población mundial, necesitarán una vivienda adecuada y acceso a infraestructuras y servicios básicos como agua y saneamiento. Esto supone que, desde ahora hasta 2030, habrá que terminar 96.150 unidades habitacionales al día, en terrenos urbanizados y legalizados.

Privaciones y problemas

El informe Global Report on Urban Health: Equitable, Healthier Cities for Sustainable Development (Informe global sobre salud urbana: ciudades equitativas y más sanas para un futuro sostenible), publicado en 2016 por la Organización Mundial de la Salud, afirma que las 600 ciudades más grandes del mundo, en las que vive un quinto de la población del planeta, generan el 60% del PIB mundial (WHO, 2016). Al mismo tiempo, la falta de planificación y de control de la urbanización ha producido desigualdad y más zonas marginales, y ha tenido consecuencias desastrosas para las iniciativas de desarrollo sostenible en las ciudades de hoy y de mañana que más crecen y crecerán. La población urbana juvenil no deja de aumentar en las zonas desfavorecidas y sus oportunidades de participación ciudadana son menores que las de los chavales nacidos en familias más afortunadas, que cuentan con un mayor acceso a la educación y a otras oportunidades. Estas desigualdades, unidas a la pobreza extrema, los entornos físicos subóptimos, el escaso acceso a los derechos y las prestaciones sociales públicos, la discriminación y la falta de información, son rémoras para el desarrollo de los jóvenes de barrios bajos. Es más, se suele considerar que las zonas marginales y los asentamientos irregulares —y con ellos sus moradores más jóvenes— son ilegales, incluso en países que en su ordenamiento jurídico no recogen el concepto de ser humano «ilegal».

Según ONU-Hábitat, el 85% de la población joven del mundo vive en países en desarrollo, donde suele representar una parte considerable de las comunidades (ONU-Hábitat, 2015). En todo el mundo aumenta el número de jóvenes que se crían en ciudades, sobre todo en las de rápido crecimiento del África subsahariana, Asia y América Latina. En muchas urbes del continente africano, más del 70% de los habitantes tiene menos de 30 años. Pero esos jóvenes disponen de pocos recursos para mejorar su entorno vital. El mundo actual, en rápido proceso de urbanización, está plagado de desigualdades sociales, medioambientales y económicas que suponen un importante desafío para las fuerzas políticas y económicas. Las poblaciones de los barrios bajos son víctimas de la injusticia espacial, sobre todo en países de Asia, África y América Latina; pero también, en menor medida, en el mundo occidental. En las zonas urbanas cada vez hay menos espacio para chabolas y otras viviendas de población marginal. Quienes más utilizan el espacio público son los jóvenes, los niños y las mujeres: para actividades recreativas como deportes y juegos, para crear pequeños negocios vecinales y para sus desplazamientos. Es lamentable que cada vez haya menos espacio urbano para quienes construyen chabolas y para otras comunidades marginadas. En economías emergentes como las de los BRICS y otros países que están mejorando su situación, los niños y jóvenes de barrios bajos siguen estando prácticamente excluidos del progreso económico que conlleva la urbanización. Como no saben cómo desarrollar una carrera profesional y carecen de la motivación que podrían proporcionarles, entre otros, sus progenitores y colegios, los niños y jóvenes de barrios bajos se resignan a sacrificar sus aspiraciones y no suelen seguir trayectorias que les sirvan para plasmar su potencial. Según ONU-Hábitat, los jóvenes representan el 25% de la población mundial en edad de trabajar, pero son el 43,7% de los desempleados. Esto significa que prácticamente uno de cada dos parados del mundo tiene entre 15 y 24 años.

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Un mundo de oportunidades

Si se invirtiera con decisión en su educación y en darles más oportunidades, esos jóvenes de energía y entusiasmo extraordinarios no solo podrían tener una vida socialmente productiva, sino que contribuirían al desarrollo y a la transformación positiva de sus países.

Para que el mundo urbanizado ofrezca oportunidades más equitativas, es esencial cultivar y estimular el potencial de los jóvenes urbanos desfavorecidos, sobre todo en países de rentas bajas y medias. El futuro común y la senda hacia la sostenibilidad los definirán la actitud que adopten los gobiernos, la sociedad civil y otros sectores al cultivar y fomentar las aspiraciones de este segmento juvenil y responder a sus necesidades. Este sector que habita en comunidades desfavorecidas tiene un gran potencial y su aportación es tan crucial como la de otros jóvenes más afortunados. Para promover una sociedad equitativa, es necesario ofrecer pronto más oportunidades socioeconómicas a los niños y jóvenes chabolistas. Existe un nutrido contingente juvenil, cuyo potencial será enorme si logra educarse y formarse: capacitarse para desempeñar empleos semicualificados, cualificados y muy cualificados en el sector servicios, en tecnologías de la información o en manufacturas, contribuyendo así al crecimiento de las economías, cada vez más urbanizadas, de los países en desarrollo.

Experiencias prácticas

En España se están llevando a cabo iniciativas positivas y prometedoras para integrar en el espacio público a grupos marginados y excluidos, y para democratizar la planificación urbana. Según ArchDaily, el proyecto Factoría Joven, que se lleva a cabo en Mérida, utiliza un espacio construido, con inspiración juvenil, a base de materiales reciclados. Alberga un skatepark y ofrece recursos que empoderan y animan a los jóvenes a participar en el espacio público y el desarrollo comunitario. El proyecto lo pusieron en marcha en 2006 Carlos Javier Rodríguez Jiménez, profesor de educación física que estudió la humanización de los espacios urbanos, y otros cuatro colaboradores. Inspirándose en las formas y estructuras de los dragones chinos, los arquitectos José Selgas y Lucía Cano se sirvieron de materiales constructivos baratos, entre ellos policarbonato ligero. Además de actividades deportivas, exposiciones y funciones teatrales, el edificio alberga un laboratorio informático, un estudio de danza, salas de reuniones y espacios dedicados al teatro callejero, el vídeo o la música electrónica. La revista digital Architectism señala que Factoría Joven saca de las calles a chavales inquietos y les proporciona un lugar para montar en bici, hacer skateboard, bailar, escalar y crear grafitis; cosas que, de no ser por el centro, harían en entornos mucho más siniestros (Architectism, 2015). Esto demuestra la necesidad de espacios públicos y la capacidad de adaptación, la energía creativa y la perseverancia que han mostrado los jóvenes al crear este espacio.

Este sector de jóvenes y niños que habita en comunidades desfavorecidas tiene un gran potencial y su aportación es tan crucial como la de otros jóvenes más afortunados

En Kenia, el Grupo Joven de Conservación Medioambiental de Mathare (MECYG en sus siglas en inglés) es una iniciativa social juvenil que ha llevado a cabo limpiezas comunitarias y ha creado un servicio de recogida de basuras que Mlango Kubwa, con unos 40.000 habitantes, nunca había tenido. En 1997, el MECYG recogió fondos para construir un centro juvenil y un campo de fútbol. Ahora que ambos equipamientos los utilizan a diario los jóvenes de Mlango Kubwa, en la zona hay menos violencia y la mayoría de los habitantes están más contentos y animados.

Mlango Kubwa está en la periferia de Mathare, una de las principales concentraciones de chabolas de Nairobi. Como en la mayoría de esos asentamientos, los jóvenes tienen multitud de problemas, como falta de acceso a espacios seguros, recursos y oportunidades. Sin embargo, lo que los distingue de otros es su iniciativa, su entusiasmo y el deseo de luchar por cambiar. No corren riesgos y colaboran unos con otros para conseguir que su comunidad mejore para todos, pero sobre todo para niños y jóvenes. Esta iniciativa pone de relieve el indomable espíritu de la comunidad de Mathare, así como la voluntad, el potencial y el talento que muestra su juventud cuando se trata de montar proyectos de desarrollo urbano sostenible que reporten cambios duraderos a todos los residentes.

En la India toman el mando de su bienestar

«Decídete, presiona y vuela» es el lema de una iniciativa que, dirigida a los más jóvenes, han llevado a cabo menores de zonas marginales de Indore y Agra, con una población de 100.000 personas. Se realiza en colaboración con la ONG india Centro de Recursos Sanitarios Urbanos (UHRC en sus siglas en inglés). Este programa de formación pretende animar a niños y jóvenes de barrios deprimidos, bajo la dirección de grupos de mujeres y de mediadores sociales del UHRC. La acción de esta ONG gira en torno al estímulo, la innovación y el desarrollo de capacidades.

En las zonas marginales de Agra e Indore trabajan 30 grupos de niños y jóvenes, con 450 miembros activos. El desarrollo de esos chavales se fomenta canalizando su expresividad y trabajando en grupo, mejorando su rendimiento, haciéndoles reflexionar y reforzando su autoestima. Así es como emergen su capacidad de comunicación y de liderazgo.

El programa del UHRC facilita la creación y la utilización de plataformas en las que niños y jóvenes se expresan de forma oral o escrita, y al recitar poemas o entonar canciones que hablan de decisión y valor refuerzan aún más su autoestima. También han representado funciones sobre la prevención de infecciones, las consecuencias negativas del alcoholismo y otros importantes problemas sociales, y han llegado a actuar fuera de su población, en Bombay, lo cual robustece aún más su autoestima y la confianza en sí mismos. Como ya se ha indicado en obras anteriores (Payne, 2008), al realizar actividades que les gustan, y con las que aprenden y obtienen destrezas, los chavales se acercan más a esos objetivos. En cierto modo, esas plataformas de expresión son parecidas al «espacio», que «no alude únicamente a la ubicación geográfica, sino a las oportunidades de que se dispone para dar sentido a un lugar» (Wilson, 1997). Programas como este, basados en una pedagogía de las oportunidades, consiguen fomentar un aprendizaje y una adquisición de conocimientos y aptitudes «que repercuten directamente en el bienestar de los espacios sociales y ecológicos en los que la gente verdaderamente habita» (Gruenewald, 2003). Lo que se consigue al mejorar la autoestima y la imagen que de sí mismos tienen los chavales es reforzar la confianza en sus propias capacidades. Durante las sesiones de planificación y prácticas, la reflexión individual desarrolla la capacidad para pensar (Hwang y Nilsson, 2003). La interacción social con otros compañeros, con mayores, asociaciones de mujeres, voluntarios de otros sectores sociales y cargos del Ayuntamiento y del sistema educativo ayuda a niños y jóvenes a escapar de situaciones difíciles, centrarse en el futuro y adquirir destrezas para enfrentarse a él (Vygotsky, 1978).

En el programa de orientación para niños y jóvenes que el UHRC encargó a grupos de mujeres chabolistas, el diseño y la práctica son elementos esenciales. Para fomentar la igualdad de género, en cada grupo hay dos líderes: un chico y una chica. Cada grupo suele tener entre 10 y 20 miembros, y cada uno de ellos ahorra una pequeña cantidad, de entre 5 y 50 rupias, que deciden los propios chavales. El ahorro colectivo y la utilización de los recursos, tanto para impedir la interrupción del ciclo educativo como para organizar actividades deportivas, permiten a los niños y los jóvenes aprender la importancia del ahorro regular y el esfuerzo en común.

En esos grupos, los chavales de barrios bajos identifican el diferente acceso a las oportunidades, los fallos que presenta la estimulación, cómo son las aspiraciones y cómo pueden fortalecerse como grupo, además de contribuir a la evolución del programa y a su difusión en barrios colindantes. El proyecto se ha ido desarrollando poco a poco durante más de cinco años y los menores se han convertido en «expertos» que contribuyen a su evolución constante. Las reflexiones de niños y jóvenes se basan en ciertas preguntas clave, entre ellas: «¿Cómo podemos comenzar todos a abordar un determinado problema?», «¿cómo se puede encontrar más información sobre la forma de solucionar un problema?», «¿qué aspectos es factible abordar de forma colectiva y qué partes del problema exigen el contacto con una autoridad?». Obras anteriores ya han planteado formas similares de estimular y desarrollar la capacidad de reflexión de niños y jóvenes (Devereux, 2002).

Los grupos de chavales de barrios bajos complementan las iniciativas de los grupos de mujeres de esas mismas zonas, al identificar y poner en marcha formas de solucionar sus problemas. Presentan peticiones colectivas al Ayuntamiento para que recoja la basura y limpie las alcantarillas, y también solicitudes individuales de «certificados de renta» ante el representante electo del barrio y la oficina del distrito, para obtener documentos que permitan solicitar becas de estudios públicas. En los barrios marginales, la colaboración entre grupos de chavales y de mujeres fomenta la educación de niñas y muchachas, y se ha demostrado eficaz para reducir la desigualdad de género imperante en la sociedad machista a la que pertenecen. La educación, al difundir los riesgos de la exclusión, se está convirtiendo en el baluarte de la inclusión, y es crucial para ir cambiando de forma paulatina y con cuidado arraigadas prácticas sociales que perpetúan y refuerzan las desigualdades. Al aumentar el número de chavales que termina el ciclo escolar, se incrementa la renta familiar, la sociedad mejora al apreciarse una mayor sensibilidad hacia el género, y también mejoran la higiene y el entorno en el que se vive. Todo eso emana de la reflexión y del fomento del pensamiento racional y lógico. También surge la necesidad de enseñar informática y de extender el acceso a internet, lo que ayudaría a las comunidades desfavorecidas a acceder a los planes y servicios públicos que se ofrecen en la red, reduciendo así los costes de acceso.

Esas experiencias prácticas confirman que, si ante todos los seres humanos, incluidos los niños y jóvenes chabolistas, se colocaran con cuidado opciones y oportunidades, todos participarían voluntariamente en actividades que consideraran beneficiosas para su desarrollo o que les permitieran superar los problemas y transformar positivamente su vida. Este programa también les permite obtener un mayor reconocimiento en sus escuelas y comunidades, lo cual actúa como acicate, induciéndoles a no abandonarlo. Todos esos chavales van fortaleciendo paulatinamente la fe en su capacidad para mejorar su propio futuro y el de su barrio. La confianza en uno mismo, la interacción —tanto con sus compañeros como con personas ajenas a su entorno social— y el desarrollo de capacidades como la colaboración y el liderazgo refuerzan las aptitudes que sirven para afrontar la vida cotidiana y ganarse el sustento.

La inequívoca y amarga verdad que todos los directivos de empresas, políticos, gestores y demás ciudadanos razonablemente acomodados tienen que aceptar es que, sin esos barrios, los servicios multisectoriales, basados en equipamientos físicos, se paralizarían por completo

Elementos esenciales

Las imágenes que tenemos de las zonas marginales proceden de lo que observamos al pasar junto a ellas, cómodamente arrellanados en el asiento de nuestros coches climatizados. Sin embargo, las poblaciones de esos barrios hacen muchas aportaciones esenciales a nuestra vida urbana. La inequívoca y amarga verdad que todos los directivos de empresas, políticos, gestores y demás ciudadanos razonablemente acomodados tienen que aceptar es que, sin esos barrios, los servicios multisectoriales, basados en equipamientos físicos, se paralizarían por completo.

La falta de empoderamiento juvenil puede llevarnos a medidas de inclusión cosméticas. Así que es esencial que esas medidas sean sinceras y que permitan a los grupos marginados dar su opinión y colaborar con la sociedad de manera equitativa y consecuente. Después de años de presiones encontradas y de tensas negociaciones, el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, declaró que esos nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible eran la «agenda de la gente» (Ki-Moon, 2016). Aunque esto resulte esperanzador, para materializar la agenda de la gente, esta debe estar preparada para liderar el proceso de cambio.

Un esfuerzo coordinado por parte de los organismos gubernamentales, las organizaciones de la sociedad civil, las asociaciones de jóvenes y adultos de los barrios marginales y de ciudadanos con sensibilidad social podría mejorar las condiciones de vida materiales y sociales, fomentar la educación y desarrollar capacidades; promover la higiene y los comportamientos sanos y otorgar más valor y presencia a las mujeres de todas las edades. Todo ello sería de gran ayuda para formar a la juventud chabolista, preparándola para asumir mayores responsabilidades. Los jóvenes de mayor edad podrían orientar a los más pequeños y difundir las actividades educativas y las destinadas a desarrollar la confianza de todos los chavales de esos barrios deprimidos.

Confío en que, cuando los principales responsables de los diferentes organismos de la ONU, los políticos nacionales, los burócratas y otros en posiciones de autoridad participen en alguna reunión de alto nivel de la ONU y en otras de carácter mundial, regional y nacional, dediquen ocho o diez horas a visitar los barrios bajos de esos lugares. De este modo, quienes toman las decisiones podrían conocer qué soluciones proponen los auténticos expertos —los residentes en los barrios marginales, incluidos los animosos niños y jóvenes que soportan esas difíciles condiciones de vida las veinticuatro horas del día, todos los días del año—, y después proponer resoluciones y directrices más realistas (aunque les parezcan difíciles) a sus naciones, ministerios y órganos gestores.

Es esencial facilitar el acceso a la propiedad de los jóvenes de las zonas marginales y sus familias, abandonando esa cosmética «participación», una palabra que se utiliza desde hace décadas, haciéndose pasar por una estrategia favorable para los pobres o sensible a la situación de los marginados. Cuando los chavales de los barrios bajos y otros grupos igualmente desfavorecidos se hagan cargo de los procesos, el cambio en el equilibrio de poder generará una gobernanza más responsable, tanto para nuestras ciudades, que crecen con rapidez, como para las zonas rurales. Así podremos conseguir que se tomen medidas verdaderamente eficaces para todos los marginados, incluidas mujeres de todas las edades, jóvenes y niños. Ha llegado el momento de democratizar el desarrollo urbano y de crear espacios para las poblaciones marginales, sobre todo para los jóvenes, y de aprovechar sus ideas para provocar resultados duraderos y sostenibles.

BIOGRAFÍA

SIDDHARTH AGARWAL

Médico de profesión, ha trabajado en los campos de la investigación y la programación en materia de salud pública, bienestar social y apoyo normativo a los gobiernos nacionales y estatales de la India. Es director del Urban Health Resource Centre de Nueva Delhi, organización sin ánimo de lucro que trabaja por la mejora de la salud, la nutrición y el bienestar de los habitantes de zonas urbanas desfavorecidas, y que jugó un papel clave en el programa Swachh Bharat (Limpiar India) con la construcción de unos catorce mil sanitarios al día. Ha sido miembro de varios comités internacionales y grupos de expertos, y asesor de la Organización Mundial de la Salud. Es profesor de Salud Pública en la Universidad Johns Hopkins Bloomberg y en la Universidad de Washington; y miembro del Comité Ejecutivo de la International Society for Urban Health, organización que presidió entre 2010 y 2011.

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Referencias

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